En un atestado y débilmente iluminado estudio, en un quinto piso del barrio de Chelsea, en Manhattan, los cuerpos se retorcían y giraban mientras un ritmo de bongo latía atronador como música de fondo. Aquella tarde de domingo de finales de verano, la habitación temblaba con las parejas que se desplazaban a través de la pista.
En Nueva York, la salsa ha evolucionado desde el apogeo de los años setenta y finales de los sesenta, cuando los clubes se llenaban de dominicanos, puertorriqueños y otros latinos moviéndose con la voz de Héctor Lavoe y los ritmos de Willie Colón y otras estrellas de la música latina. Ahora personas de todo tipo están aprendiendo los pasos básicos de un baile de parejas en el que todo es cuestión de mucho ritmo y salero personal.
Casi 200 clubes dedicados a este ritmo por toda la ciudad le permiten a uno hacer sus pinitos en la pista de baile cualquier noche de la semana.
En el estudio de Chelsea, donde aproximadamente 70 personas se reunían para La Vieja Guardia, una noche de baile, Daniel Antonio Esquivel, conocido como DJ Toño, hacía girar la canción “Charanga”, de su colección de más de 6.000 grabaciones de música latina, gran parte de ellas en vinilo.
La noche es lo que se conoce como una velada. Las veladas están abiertas al público, con bailarines aficionados y no tan aficionados, invitados a bailar a cambio de una tarifa no demasiado elevada (entre 5 y 12 euros) con diversas parejas preparadas y dispuestas. Los expertos lucen sus pasos en el centro de la pista, mientras que los bailarines más torpes tienden a situarse en los bordes. “Todos los que han bailado conmigo han sido comprensivos” decía Nicolette Barber, de 25 años de edad, de San Diego. “Hay miles de hombres. Es muy halagador”. Parte de la diversión de estas veladas es ver a los bailarines.
La mayoría de ellas incluye la actuación de profesionales. Una de las veladas más famosas de la ciudad, la de Jimmy Anton, en la calle 19 Oeste, se celebra cada dos domingos desde hace 14 años y atrae a más de 300 personas.
Hay muchas más pistas de baile en la ciudad. Y se dictan clases.
En el norte de Manhattan, en J’s Big Gym, Ralph Rodríguez, conocido como Ralphie La Rumba, dirigía no hace mucho una clase un martes por la noche.
Con jeans, un jersey de cuello de pico negro y gorra, Rodríguez, de 31 años de edad, que enseña salsa desde hace 7 años y también trabaja en la construcción, contaba en voz alta los pasos básicos en una mezcla de español e inglés. Los alumnos se enfrentaban al espejo, moviendo los labios al contar. Los pasos parecían sencillos hasta que arrancó la música con un giro sobre los talones, y empezó lo duro.
Rodríguez dice que la coordinación es lo más complicado de enseñar. “Les cuesta encontrar el ritmo y la música”, afirma.
Los domingos, el Club Iguana es el sitio oficial de encuentro en el que acaban todas las veladas de la ciudad. Hacia las 11:00 de la noche, las dos pistas de baile están llenas. Los bailarines, muchos de los cuales llevan allí desde las 5:00 de la tarde, siguen moviéndose como si nunca tuvieran suficiente.