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Salvar el cabaret

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Sandy Stewart canta cabaret, una mezcla de muchos géneros.
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Noviembre 09, 2008

Cuando la IX Convención del Cabaret comenzó con el primero de cuatro conciertos en Jazz at Lincoln Center el 29 de octubre, un género que lleva años luchando sin despertar demasiado la atención de los medios de comunicación alzó su voz colectiva en su llamada anual de atención y respeto.

“Por favor, escuchen”, imploraba esa voz cortésmente. “Corro el peligro de morir olvidado, y tengo un conocimiento muy valioso aprendido en el cancionero estadounidense y la historia del mundo del espectáculo sobre el amor, los recuerdos, el arte y el tiempo. La magia que puedo conjurar en un cuchitril romántico donde las luces son tenues, el vino corre y los seres queridos están a mano no se puede comparar con nada”.

El Rose Theater, el auditorio moderno en el interior de Jazz at Lincoln Center donde tiene lugar la convención —gala de entretenimiento y espectáculo comercial para los que contratan artistas para los clubes nocturnos— no era un club acogedor iluminado con velas, pero se le parecía bastante. Cada noche, cerca de una docena de intérpretes cantan dos canciones cada uno. Karen Akers, Paula West, Marilyn Maye, Mary Cleere Haran, Julie Wilson, Barbara Carroll, K T Sullivan, Tommy Tune y Barb Jungr estaban entre los invitados más esperados.

La mayoría de las estrellas masculinas estaba ausente de la lista. Pero sí hizo estuvo uno de los intérpretes jóvenes más prometedores, Tony DeSare, un acólito de Sinatra de treinta y pocos años que canta tanto Prince como Johnny Mercer.

El cabaret venera la madurez más que otras formas de entretenimiento. Maye, Wilson y Carroll son octogenarios, así como tres de las madrinas del género, Barbara Cook, Eartha Kitt y Elaine Stritch, y su padrino no oficial, Tony Bennett.

Todos son lo bastante viejos como para recordar y haber participado en la época dorada de los espectáculos en directo, que se desvaneció con las incursiones del rock and roll y la televisión.

Como el mundo de los clubes nocturnos se ha reducido, la informalidad de esos espacios de actuaciones es, en gran medida, cosa del pasado.

La cuestión es si hay una generación que continúe con la tradición. Junto a DeSare, entre los demás intérpretes jóvenes más prometedores están la seductora cantante de pop-jazz Jane Monheit y Maude Maggart.

La Convención del Cabaret está producida por Donald Smith, director ejecutivo de la Mabel Mercer Foundation. Su actitud hacia la tradición que él alimenta es optimista.

Hace poco decía que se sentía animado por el aumento de cabarets fuera de Nueva York.

Pero aunque el cabaret tiene defensores en los medios, la información sobre él en los periódicos locales de Nueva York es cada vez más escasa y eso es un mal presagio. “Nunca nos ha patrocinado ninguna empresa”, se lamenta Smith. “Y no hemos recibido ni un céntimo del programa cultural de ningún Gobierno”.

El concepto de Smith de cabaret es sólo uno de muchos en un género que también se funde con Broadway, el jazz tradicional, el rock e incluso la música étnica.

La experiencia cumbre del cabaret es una relación a tres bandas entre cantante, canción (a menudo un clásico) y público, en la cual los intérpretes vuelcan sus experiencias vitales en espectáculos temáticos que usan el cancionero estadounidense como plataforma; las canciones son las paradas de un viaje autobiográfico compartido con el espectador.

En el mundo gritón y camorrista del pop de masas, las cualidades esenciales de una actuación de cabaret —intimidad, vulnerabilidad emocional y sutileza interpretativa— tienen poca cabida.

Para la mayoría de los estadounidenses, la música en directo es un acto en estadios que exalta la energía física en bruto, un rito orgiástico entre el público y el famoso. Los cuchitriles románticos se han convertido en algo tan anacrónico como la misma noción de intimidad.


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