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Inteligencia / Roger Cohen

Reinventar el liderazgo estadounidense

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Noviembre 09, 2008

En el discurso de aceptación de su triunfo ante una multitud feliz en Chicago, Barack Obama utilizó una pequeña palabra que apenas se ha escuchado en la Casa Blanca en los últimos ocho años: “paz”.

Ésta es nuestra ocasión, declaraba, “para restablecer la prosperidad y promover la causa de la paz”. Nadie sabe lo que le espera al joven senador afroamericano, que se ve catapultado, en una ola de fervor democrático reavivado, al cargo más prominente. Sin embargo, ya sabemos que el diálogo es algo instintivo en él y la paz no es una expresión vacía cuando sale de sus labios. Mientras que la venganza parecía ser el objetivo de George W. Bush, la reconciliación es la base sobre la que Obama ha construido su identidad.

El mundo esperaba oír esa palabra. Se había habituado al son de la agresividad estadounidense.

Suspiraba por el regreso de la esperanza americana porque el terror es una dieta severa para seguirla diariamente. El liderazgo de Estados Unidos sigue siendo fundamental para todos los cambios de poder que están en marcha en todo el planeta.

Hace cuatro años, durante el discurso que lo sacó del anonimato, Obama habló de “la convicción de que estamos conectados como un solo pueblo”. Nunca se ha apartado de este tema, su idea central y ganadora en última instancia. “En este país, ascendemos o caemos como una única nación, como un único pueblo”.

Rompiendo las barreras, Obama ha difundido su mensaje a un mundo expectante. “Nuestras historias son individuales, pero compartimos un mismo destino”, declaraba en su discurso de la victoria, y prometía “un nuevo nuevo amanecer del liderazgo de Estados Unidos”.

La promesa no sólo estaba dirigida a los líderes, sino a “los que se apiñan alrededor de una radio en los rincones olvidados de nuestro planeta”.

Esta última frase también era impensable en el actual ocupante de la Casa Blanca. Hablaba de la experiencia de Obama en la Kenia de su padre, en la Indonesia de su padrastro, de la pobreza de miles de millones de seres humanos. Esto no es un concepto abstracto para él, y constituirá la base de su política.

Habrá nuevas tensiones, habrá decepciones, y tanto la recesión como la guerra pondrán a prueba a Obama. Pero algunos principios se restablecerán de forma inmediata: que las palabras deben tener significado, que escuchar es importante y que una mentalidad abierta es la única que merece la pena tener. No se puede proclamar la libertad a la vez que se tortura. No se puede fomentar la democracia a la vez que se hace desaparecer a la gente. No se puede prescindir de la transparencia y la regulación tan esenciales para los modernos mercados de capital y seguir pretendiendo que uno es el faro de la libre empresa. O, mejor dicho, se puede hacer todo esto, pero al final uno se queda solo.

No obstante, los estadounidenses han retado al mundo en estos términos: examinen sus sociedades, sus barreras, sus estructuras de poder, y pregúntense hasta qué punto un nombre desconocido, una cara desconocida, una cultura o religión desconocida se considera extraña en vez de una parte de esa “nación única” que evocaba Obama. Estados Unidos ha sido siempre una idea revolucionaria. Acaba de arrojar el guante al mundo del siglo XXI.


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