Siempre receloso de permitir la entrada a extranjeros, Japón hizo una excepción con los brasileños-japoneses ante la escasez de mano de obra, en 1990. Con sus raíces, nombres y rostros japoneses, esos hijos y nietos de nipones que emigraron a Brasil encajarían más fácilmente en una sociedad rotundamente cerrada a los forasteros, o por lo menos ése fue el razonamiento.
En las dos décadas desde entonces, pese a baches económicos periódicos como el actual, el número de trabajadores brasileñosjaponeses en Japón ha continuado creciendo.
Están agrupados en regiones industriales salpicadas de fábricas que abastecen a compañías familiares como Honda, Sanyo y Toyota, cuyas oficinas generales dieron su nombre a Toyota City, en la parte central de Japón.
Sin embargo, quizá en ninguna parte del país se enfrentan los japoneses y brasileñosjaponeses con tal intensidad como en un complejo de vivienda pública, en Toyota City, llamado Homi Estate. Construido en los 70, Homi tiene una población de 8.891 personas que ahora está dividida casi equitativamente entre los japoneses, con 52%, y los extranjeros, con 48%.
“Para ser honesto”, comentó Toshinori Fujiwara, de 69 años de edad, líder comunitario japonés, “nunca me imaginé, ni en mis sueños más descabellados, que esto se convertiría algún día en un barrio multiétnico”.
Dentro de una generación, aproximadamente, es probable que más japoneses hagan comentarios semejantes a medida que la población de Japón envejece y su fuerza laboral se contrae.
Japón podría tener que abrirse más a la inmigración, dicen los expertos, si quiere tener los trabajadores que necesita para seguir siendo una importante potencia industrial.
Los 317.000 brasileños-japoneses del país, cuyos hijos crecen en el país del sol naciente, componen, de hecho, la mayor población inmigrante de Japón.
Desde lejos, Homi Estate, que consiste de 40 edificios de departamentos, casas independientes, escuelas y tiendas, luce como cualquier otro complejo de vivienda nipón.
Sin embargo, al observarlo más detenidamente, los señalamientos de las calles están en japonés y en portugués. En el complejo comercial de la comunidad, los restaurantes sirven platillos brasileños y una tienda de conveniencia exhibe revistas brasileñas. Un supermercado japonés fue reemplazado por uno brasileño-japonés el año pasado, en reflejo de la demografía cambiante de Homi.
“He tenido suerte, porque los japoneses han sido amables conmigo”, expresó Rita Okokama, de 40 años de edad, brasileñajaponesa que tiene 18 años de vivir en Toyota City y es propietaria de Padaria, pequeña tienda de sandwiches.
En la escuela Primaria West Homi, donde los niños brasileños-japoneses componen el 53% de los 196 estudiantes, se ofrecen clases complementarias de la lengua japonesa, así como ayuda en otras materias.
La nueva era podría ser simbolizada por Nicholas Wada, estudiante brasileño-japonés de 9 años de edad. Sus padres, João, de 44 años, y Silvana, de 40, llegaron a Japón hace 18 años y también criaron a una hija, Veridiana, de 22 años de edad, en ese país.
Este año construyeron una casa independiente de dos pisos como una señal de su compromiso con Japón.
“Mi hijo no tiene una imagen en lo absoluto de Brasil, así que construimos esta casa para él”, expresó Silvana Wada en la sala de la pareja. “Nicholas dice que no quiere ir a Brasil”.