Los pequeños productores no tienen donde almacenar el grano que han cosechado.
Lloviznas casi generalizadas en la Costa y días opacos combinan con la preocupación de camaroneros, soyeros y maiceros, porque no hay salida para sus productos y si los venden es a pérdida o a ras con los gastos.
En el caso del crustáceo se debe a la crisis financiera de Estados Unidos, según les indican a los camaroneros de Balao (Guayas) las empacadoras; y en el caso de las materias primas agrícolas, topamos las razones cuando acudimos el jueves anterior junto con el agroempresario Julio Carriel (socio del Centro Agrícola de Buena Fe) a una piladora de la zona que funciona en la salida de Quevedo, en la vía a Valencia.
Al exponer Carriel su afán de vender cinco mil quintales de maíz que están por cosechar a su habitual comprador, este le indicó que estaba complicado porque las fábricas no están recibiendo. “Aprocico (gremio que interviene en los consejos consultivos de la soya y maíz) negocia con ellas cupos en el momento. Aquí algunos productores dejan su grano a consignación para que Aprocico negocie”.
El valor del quintal de soya y maíz a dicha asociación le corresponde por intervenir una comisión de $ 0,20 y $ 0,30, respectivamente.
Para la soya hay una retención adicional (la única que menciona el acuerdo ministerial que fijó el precio y que es voluntaria) de $ 0,10 con destino a la Corporación Nacional de Soyeros. En otras palabras, retenciones más el costo del proceso de secamiento y limpieza le significa al soyero por saco de 100 libras un descuento de $ 1,05 en la piladora o centro de acopio. La mayoría de productores como no cuentan con un RUC están utilizando el de los gremios así no sean miembros del mismo y para obtener los cupos que las industrias entregan.
La principal queja de los productores es que la empresa que más absorbe maíz y soya (Pronaca) solo recibe a quienes han trabajado con ellos y no al agricultor independiente. Además, indican que los contratos para que comerciantes formales compren en sus instalaciones a la fábrica han sido reducidos de tres a dos años.
Según el agricultor ni los comerciantes saben qué va a pasar con la falta de compra del producto. Al momento el precio empieza a bajar y las fábricas están llenas de pasta de soya y maíz importado.
Wilman García, gerente de la Corporación de Soyeros de Ecuador, indicó que desde ayer el Banco Nacional de Fomento empezó a comprar y pagar los 120.000 quintales que almacenaba en sus silos. “El plan es que la entidad adquiera un total de 12.500 toneladas de esta cosecha”, dijo.
Certificó el funcionario que a través de las sucursales del BNF en Ventanas, Daule y Quevedo se pagará a los soyeros que lleven el producto a los silos de la unidad de almacenamiento, que cobrará por el servicio de secado y limpieza $ 0,40.
La única industria que no ha detenido sus compra es Ales, que hasta el jueves anterior acumuló 8.246 toneladas de grano de soya y ya no aspira comprar 20.000 como anunció, sino 13.000 toneladas.
LA HISTORIA SE REPITE
Jorge Félix, importador independiente de pasta de soya y maíz, sostiene que el malestar obedece a un fenómeno que se da por la gran cantidad de soya en el mercado, porque se ha permitido traer con la promesa de comprar la cosecha nacional. “Es la pelea de todos los años y el sector balanceador tiene el poder de negociación al estar tranquilo con sus inventarios para dos a tres meses, alrededor de 100 mil toneladas”, indicó.
La última torta de soya que llegó al país, aduce, costó $ 371 la tonelada, una brecha grande con la nacional que cada día será mayor al seguir bajando el precio internacional.
“Se hizo un estudio de competitividad y está archivado. La soya nacional nunca ha sido querida y se limita su compra a que se otorguen permisos de importación previa compra de la producción local. Se les dio la oportunidad y se olvidaron de su compromiso”, anotó.
Testimonio
Compra de soya
Segundo Ponce
Jornalero de ciudadela Santa Marianita
Pensaba tener ganancias y alquiló cinco cuadras para cultivar soya en el segundo semestre de este año, motivado por los buenos precios y por lo que ganó el año pasado haciendo lo mismo. Hizo una inversión cercana a los mil quinientos dólares, la que está en peligro porque los 40 quintales que le dejó la cosechadora frente a su casa por no haber comprador empiezan a podrirse por la delicadeza del grano al agua. “Están pagando a $ 20 - $ 21 el quintal y no lo quieren sino fiado a quince días”, manifestó.
Para este padre de cuatro hijos, perder su inversión y trabajo de cuatro meses es un duro golpe que lo alejará de la agricultura. Esta situación la viven cientos de pequeños productores que no ven los incentivos y garantías que promete el Gobierno.