sábado 08 de noviembre del 2008 Columnistas

Lo esencial en el mundo

El mundo se ha congelado alrededor de la crisis financiera. Todo deriva de ella, y sobre sus cimientos se han construido variadas interpretaciones. Que el capitalismo está en desbandada y que está viviendo su “muro de Berlín” (como comenté anteriormente, esta es una interpretación bastante floja, porque es la intervención gubernamental en los mercados la que generó los incentivos nefastos para generar acciones abusivas). Que esta crisis, dentro de la interpretación marxista, refleja la caída de la tasa de ganancia del capital y los intentos desesperados del capital por ganar más (tesis igualmente floja, ya que al acumularse más capital en el mundo, su tasa de ganancia debe necesariamente declinar y es la innovación constante la que restituye valor).

Pero en medio de este pensamiento congelado, nos olvidamos que por primera vez en la historia  hay no menos de 1.500 millones de personas tratando al mismo tiempo de alcanzar mejores niveles de vida, y ahora tienen más a su alcance los medios para lograrlo: tecnología, información, educación. Cuando Europa arrancó en su sendero al desarrollo, no tenía más de 100 millones de habitantes, igual  Estados Unidos o Japón. Hoy es una presión enorme de cientos de millones de habitantes. Y es obvio que eso modifica las disponibilidades energéticas, de medio ambiente, de alimentos, de insumos. Por eso los mercados han tenido desequilibrios importantes. Por eso los precios se han desajustado, porque tienen que enviar un mensaje muy claro a los productores y a los demandantes: “ojo, la gente pide más y hay que producir más”. Ese es el rol esencial de los precios: transmitir información, y por eso hay que preservar más que nunca el funcionamiento de mercados eficientes para que la economía pueda procesar esos enormes cambios en las estructuras sociales.
Malinterpretar estos fenómenos, creer que los movimientos de precios reflejan fallas de los mercados y del capitalismo, nos llevaría a cortar enormes esperanzas de tanta gente.

Lo mismo sucede con la energía. Nos centramos en los vaivenes de precios y en una merma en la oferta de materias básicas (no va a suceder porque hay energía en todas partes y bajo diversas formas), por lo cual algunos plantean la necesidad de una sociedad “de vida más simple”. Esto no es lo esencial, sino los dos factores que han permitido la revolución tecnológica y energética. Por un lado, el disponer de fuentes energéticas cada vez más concentradas (la ideal es la energía nuclear, cuyo avance hemos frenado por temores ancestrales y maniobras políticas). Por otro lado, el procesar esa energía de mejor manera para darle más orden y una mayor potencia (el láser, por ejemplo, es una forma de energía mucho más ordenada y de potencia incomparable frente a una simple lámpara), cambiando el entorno de artefactos de nuestra vida diaria. Debemos ahí también precautelar que los mecanismos e incentivos que permiten estos avances tecnológicos y de mercado sigan presentes.

No errar en diagnósticos: el mundo seguirá caminando, si permitimos que sus resortes fundamentales funcionen, más allá de las crisis financieras temporales.

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