Un libro contundente del Premio Nobel 2008, para los latinoamericanos, es El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido, de 1988, una extraordinaria indagación acerca de los pueblos indios de México antiguo, en la que con una prosa elegante y directa se señala con detalle la grandeza que alcanzaron las comunidades prehispánicas, especialmente en las expresiones artísticas y religiosas, y cómo este avance se vio truncado por la lógica individualista y materialista de los conquistadores españoles. Los lectores, asombrados, nos sumergimos en un universo de impresionantes realizaciones culturales: nuestros antepasados construyeron urbes más extensas y mejor planificadas que las europeas, erigieron caminos, pirámides, acueductos, crearon fiestas y ropas, trabajaron los metales y las piedras con exquisitez, y produjeron conocimiento astronómico superior al de los renacentistas del Viejo Continente.
Para los pueblos indios, también filósofos, la vida era sencillamente un breve tránsito en el que la nada vencía al mundo. Por eso el drama que llevó al silencio de toda una civilización se halla, según Jean-Marie Gustave Le Clézio, en el desequilibrio entre el sueño moderno que, con furor, exterminó al sueño antiguo, mexicano, sustentado en la magia y en la predestinación. El papel de las palabras –verdadera tecnología de poder– fue determinante, pues la intriga y la astucia de Hernán Cortés doblegaron las voces angustiadas de los gobernantes mexicanos, incluido Moctezuma. El desastre, hoy, resulta previsible, pues todo fue arrasado, derribado, eliminado, borrado y matado en una catástrofe civilizatoria cuyas consecuencias aún no sabemos medir, aunque las estamos pagando con la inequidad que reina en nuestras sociedades.
El pensamiento mágico de las naciones prehispánicas y su entrega a lo sobrenatural fue una de sus grandezas y, paradójicamente, la debilidad que los hizo creer que los extranjeros eran dioses y que debían aceptar sin más las profecías de la destrucción. Debemos, entonces, ahondar en las fortalezas de la organización comunitaria que alcanzaron esos pueblos, nuestros padres ancestrales, sin pretender recobrar paraísos perdidos sino tratando de entender las profundas conexiones sagradas que, con la madre tierra, esos pobladores mantuvieron durante milenios hasta alcanzar grados de civilización más espectaculares que los de Europa. Le Clézio nos lanza una pregunta y un desafío: “Al destruir estas culturas y aniquilar de manera tan completa la identidad de estos pueblos, ¿de qué riqueza nos privaron los conquistadores europeos?”.
En este choque de culturas perdimos todos, incluso los que creyeron haber salido victoriosos, pues es suficiente ver la pobreza en que hoy vive la mayoría de sociedades indígenas en México, Centroamérica, los Andes y la selva amazónica. ¿Qué hubiera pasado si los españoles escuchaban con cuidado la manera en que los indios resolvían las contradicciones entre lo real y lo sobrenatural? ¿Podía haber surgido una nueva concepción humanista a partir de la idea de una creación basada en la catástrofe? ¿El progreso técnico occidental hubiera variado de haberse respetado el equilibrio entre el hombre y el mundo como lo practicaban los pueblos antiguos? Estas interrogantes nos confirman que los indios siguen siendo los guardianes de un espacio y de un tiempo que compartimos todos, y hacen que sintamos al Nobel como nuestro, como un Nobel latinoamericano.