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Mata Hari |
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Por supuesto que nuestras Fuerzas Armadas están infiltradas por la CIA, el Mossad israelí y los servicios de inteligencia cubano, venezolano e iraní. No veo por qué no. Si los agentes de la CIA no son capaces ni siquiera de infiltrar al ejército de un país pobre, entonces no sé para qué les pagan su sueldo.
Sin embargo, el informe que Javier Ponce divulgó la semana pasada no reveló nada nuevo sobre este oscuro asunto. El mismo documento concluye que no se ha podido identificar a ningún espía. Hay infiltración, pero no se conoce a los culpables.
¿Para qué entonces tanto escándalo? Porque con esto se está queriendo justificar una nueva escalada hacia el poder total.
El informe cita una sola “prueba” de la infiltración: el día del ataque colombiano, entre las 06:30 y las 07:00, el coronel Mario Pazmiño, ex jefe de Inteligencia del Ejército, supuestamente recibió “una llamada de la CIA” para informarle lo que estaba ocurriendo en Angostura. Eso es todo. Pazmiño, por supuesto, lo niega.
No entiendo muy bien qué clase de infiltración es esta que nos proporciona información vital en momentos críticos. Por lo visto los infiltradores quieren ayudarnos. Pero es más absurdo aunque no se nos diga dónde y cómo se obtuvo esa información. Ningún testigo, ninguna pericia técnica.
Más razonable es la versión de Pazmiño, que asegura que quien lo llamó fue una oficial de Inteligencia de Colombia para informarle que los combates ocurrían en su territorio, pero que temían que Raúl Reyes atravesase la frontera. Es obvio ahora que con esa llamada los colombianos quisieron preparar el terreno para la falsa versión que Álvaro Uribe le transmitiría más tarde a Correa.
El informe sostiene, también, que Pazmiño se guardó esa información. Aquí la mentira se derrumba por sí misma, porque se reconoce al mismo tiempo que inmediatamente después de la supuesta llamada de la CIA, Pazmiño telefoneó al general Ernesto González, jefe de Estado Mayor de la Fuerza Terrestre, al general Fabián Narváez, al teniente coronel Juan López y a media docena de oficiales más para contarles lo que ocurría. ¿Ocultamiento? ¿Dónde?
Cáiganse para atrás. El informe reconoce por último que “a los pocos minutos del bombardeo” (a la 01:20 exactamente) el mayor Manuel Silva, jefe de la Unidad de Investigaciones Especiales de la Policía, llamó al capitán Santiago Vallejo, jefe de Inteligencia de la Presidencia de la República (cuyas oficinas quedan a espaldas de Carondelet) para informarle del ataque en Angostura. ¿Por qué su propia gente no le informó a Correa lo que estaba ocurriendo? ¿Por qué permitieron que Uribe se burle de él? Vaya usted a saber.
Nada de esto es casual. No nos están vendiendo una nueva novela de Javier Ponce, eso sería lo de menos. No. Había que fraguar toda esta historia, convirtiendo a Pazmiño en chivo expiatorio, porque un informe así, que no da nombres y que admite que la infiltración no se ha podido probar, no provocará el enojo de la Casa Blanca, y en cambio servirá de pretexto –al menos eso piensan sus autores– para el próximo paso del Gobierno, que será disolver todos los servicios de inteligencia y concentrar los recursos de información en un solo cuerpo manejado directamente desde la Presidencia de la República, donde ya existe un grupo especial entrenándose con ese objetivo. Esa es la principal recomendación del informe, y con suficiente antelación se está preparando una ley con ese objetivo.
Así que hazte a un lado Mata Hari, que el Gran Hermano ataca otra vez. |
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| Manuel Ignacio Gómez Lecaro |
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