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¿Por qué el Partido Republicano será más, no menos, extremista? Entre otras cosas porque las proyecciones indican que en estas elecciones saldrán muchos de los moderados republicanos que quedan en el Congreso, mientras que permanecerá en su lugar la derecha radical.
Quizá las encuestas de opinión están equivocadas y John McCain está a punto de conseguir el mayor resultado inesperado en las elecciones de la historia estadounidense. Sin embargo, en este momento los demócratas parecen estar en posición de ganar la Casa Blanca y ampliar enormemente sus mayorías en ambas cámaras del Congreso.
Es de suponer que la mayor parte de la discusión poselectoral será sobre lo que los demócratas deberían hacer y harán con su mandato. Sin embargo, quiero formular una pregunta diferente que también será importante para el futuro del país: ¿qué le hará la derrota a los republicanos?
Se podría pensar, quizás esperar, que los republicanos se comprometan con una especie de introspección, que se pregunten si y cómo perdieron contacto con la corriente institucional del país. Sin embargo, mi predicción es que esto no va a suceder pronto.
Más bien, el resto de los republicanos, lo que queda del partido después de las elecciones será el partido que asiste a los mítines de Sarah Palin, donde las multitudes gritan: “¡Votar por McCain, no por Hussein!”. Será el partido de Saxby Chambliss, el senador de Georgia, quien, al observar la primera votación a gran escala de los afroestadounidenses, advierte a sus partidarios que “los otros están votando”. Será el partido que abrigue fantasías amenazadoras sobre las raíces marxistas –¿o eran islámicas?– de Barack Obama.
¿Por qué el Partido Republicano será más, no menos, extremista? Entre otras cosas porque las proyecciones indican que en estas elecciones saldrán muchos de los moderados republicanos que quedan en el Congreso, mientras que permanecerá en su lugar la derecha radical.
Por ejemplo, Larry Sabato, el proyeccionista electoral, pronostica que siete escaños senatoriales actualmente en manos republicanas pasarán a los demócratas el martes. Según las filas liberales-conservadoras de los politólogos, Keith Poole y Howard Rosenthal, cinco de los que pronto estarán fuera son más moderados que el promedio de los senadores republicanos –así es que el resto, la camarilla política del Partido Republicano que quede se habrá movido más a la derecha. Al parecer, lo mismo sucederá en la Cámara de Representantes–.
Asimismo, la base republicana ya parece estarse encaminando a considerar la derrota no como un veredicto sobre las políticas conservadoras, sino como resultado de una conspiración del mal. Se encontró en una encuesta de opinión reciente de Democracy Corps que los republicanos, con un margen de más de dos a uno, creen que McCain está perdiendo “porque los medios de la corriente institucional están prejuiciados”, en lugar de “porque los estadounidenses están cansados de George Bush”.
Y McCain ha preparado el terreno de acusaciones febriles en cuanto a que les robaron las elecciones, al haber declarado que el grupo activista comunitario Acorn –que, como lo señala Factcheck.org, nunca “ha sido declarado culpable de, o siquiera acusado” de hacer que se emitan votos fraudulentos– “ahora está a punto de quizá perpetrar uno de los mayores fraudes en la historia electoral de este país, quizá destruyendo el tejido de la democracia”. Huelga decir que los electores potenciales que Acorn trata de empadronar son desproporcionadamente “los otros”, como podría expresarlo Chambliss.
De cualquier forma, la base republicana, incitada por la campaña de McCain y Palin, piensa que las elecciones deberían reflejar los puntos de vista de los “estadounidenses verdaderos”, y es probable que la mayoría de las personas que leen esta columna no cualifique.
Por tanto, de cara a que las encuestas indican que Obama ganará en Virginia, un alto asesor de McCain declaró que la “Virginia real”, –la parte sur del estado, excluyendo a los suburbios de Washington, D.C.– está en favor de McCain. Una mayoría de estadounidenses vive ahora en grandes áreas metropolitanas, pero cuando visitaba una pequeña ciudad en Carolina del Norte, Palin la describió como “lo que yo llamo el Estados Unidos verdadero”, una de las partes “pro estadounidense” del país. El Estados Unidos real, pareciera, es la ciudad pequeña, principalmente sureña y, sobre todo, blanca.
No estoy diciendo que el Partido Republicano esté a punto de volverse irrelevante. Los republicanos aún estarán en posición de bloquear algunas iniciativas demócratas, en especial si estos no alcanzan una mayoría a prueba de tácticas obstruccionistas en el Senado.
Y esa capacidad para bloquear asegurará que el Partido Republicano siga recibiendo bastantes dólares corporativos: este año, la Cámara del Congreso Estadounidense ha metido dinero a las campañas de republicanos en el Senado, como en la de Norm Coleman de Minnesota, precisamente con la esperanza de negarles a los demócratas una mayoría lo suficientemente grande como para aprobar una legislación en favor de los trabajadores.
Sin embargo, parece factible que la prolongada transformación del Partido Republicano en el de la derecha poco razonable, un santuario para racistas y reaccionarios, se acelere como resultado de la derrota inminente.
Esto planteará un dilema a los conservadores moderados. Muchos de ellos pasaron los años de Bush en negación, cerrando los ojos ante la deshonestidad del gobierno y su desprecio por el imperio de la ley. Algunos han tratado de mantenerse en la negación durante la temporada electoral de este año, a pesar de que las tácticas de la campaña de McCain y Palin se han hecho cada vez más desagradable. Sin embargo, uno de estos días van a tener que darse cuenta de que el Partido Republicano se ha convertido en el partido de la intolerancia.
The New York Times News Service.