- NOV. 04, 2008 - Foto - Migración - EL UNIVERSO
MONTSERRAT, España. Joan Carles Elvira, padre prior del Monasterio de Montserrat; la otavaleña Lucía Rosero; el amauta de Bolivia, Fernando Ergueta; y el benedictino mexicano Enrique Baeza durante la entrega del manifiesto de las comunidades indígenas.
La Declaración de Montserrat confirmó nexo de otavaleños con otras etnias en Barcelona, España.
Lejos queda la tarde del 13 de enero del 2007, cuando Lucía Rosero, una ecuatoriana de origen otavaleño, gritó al viento la frase “shuc makilla, shuc yuyailla, shuc shungulla”, que en español significa “un solo puño, un solo pensamiento, un solo corazón”, poniendo el colofón a una multitudinaria marcha celebrada en Madrid en contra de la banda terrorista ETA.
Más cercana queda la mañana del 11 de enero del 2008, cuando la misma Lucía –acompañada de otros 50 indígenas originarios de Ecuador, Perú y Bolivia– entregó en el monasterio benedictino de Montserrat un manifiesto de las comunidades indígenas adhiriéndose a la Declaración de Montserrat, que propugna con una sola voz que nunca más ningún tipo de religión debe ser la excusa para una guerra o un conflicto.
Fue un acto en el que los indígenas inmigrantes volvieron a mostrar su talante frente a la sociedad que les acoge, y precisamente, en un lugar emblemático: el monasterio benedictino, enclavado en la montaña de Montserrat, 50 km al noroeste de Barcelona, santuario de peregrinaje de creyentes que veneran a la virgen de Montserrat, la Moreneta, cuya estatua –de origen aún desconocido– descansa entre las murallas de la abadía.
“Es un lugar simbólico”, dijo Lucía, quien explicó que aquella visita al monasterio era la culminación de un proceso que empezó el pasado abril.
Entonces, representantes de todas las religiones del mundo se reunieron en la abadía y suscribieron la Declaración de Montserrat, que propugna que el futuro del ser humano solo es posible si camina por la paz, el respeto y la interrelación. “Y eso, justamente, es lo que propugnamos los indígenas”.
Joan Carles, prior (rector) de Montserrat, valoró de manera positiva el paso dado por los indígenas inmigrantes, “porque están en la línea de sumar esfuerzos y recursos para que la paz sea una realidad sólida en el mundo, para que la gente sienta el respeto por la tierra, por la naturaleza”.
Sacha Rosero, otavaleño que también reside en Barcelona, explicó que tanto el acto de Madrid como el de Montserrat son una muestra de la dimensión que va tomando su comunidad, especialmente en Barcelona, donde habitan unos 1.200 indígenas originarios de Imbabura. Sin embargo, de todos ellos, unos 700 ya nacieron en España y son hijos de los primeros indígenas que emigraron a estas tierras.
Sayri Cotacachi vino a Barcelona acompañando a su padre. Entonces tenía 13 años y ya cumplió los 52. Sus recuerdos son los de una ciudad que aún no emprendía su gran proceso de transformación y cuyo paseo más emblemático, el de la Rambla, moría en el monumento a Colón, porque del ahora famoso Puerto Olímpico no había ni los planos.
En Barcelona, prácticamente, no existían ecuatorianos. “Fuimos al Consulado a inscribirnos y solo había cuatro compatriotas registrados en toda Barcelona”, recordó.
Sayri se dedicó desde joven al comercio y a la música, actividades que caracterizan a la gente de su raza. “Sigo trabajando en lo mismo, aunque ahora traemos artesanías de todas partes de América. Incluso, todo lo que hacemos va evolucionando según las tendencias de moda que se registran en Europa”, agrega.
“El comercio sigue siendo la principal actividad a la que se dedica nuestra gente”, ratificó Sacha, tras destacar el espíritu emprendedor y de trotamundos de los otavaleños.
Nexos entre comunidades
La Declaración de Montserrat confirmó el nexo que los otavaleños en Barcelona han establecido con los miembros de otras comunidades indígenas procedentes de Bolivia y Perú que también han emigrado hasta las orillas del Mediterráneo.
“La Declaración de Montserrat es un manifiesto que habla de paz, y eso quiere decir que todos debemos estar unidos”, matizó Sayri, quien también participó activamente en la ceremonia desarrollada en la abadía de Montserrat.
“Los indígenas somos los portadores de una cultura que la tenemos que conservar y transmitir. Y en esa línea trabajamos, porque la relación entre ecuatorianos, peruanos y bolivianos es muy buena”, sostuvo.
El amauta (en el antiguo imperio de los incas, sabio, maestro o consejero) boliviano Fernando Ergueta, comentó que los indígenas asentados en Barcelona se están involucrando en el palpitar de la ciudad, tratando de transmitir la espiritualidad y la cultura de los pueblos andinos. “Queremos que todos los pueblos del mundo reconozcan a la madre tierra, a nuestra Pacha Mama.
Una muestra de esa unidad se plasmó con la celebración del Inti Raymi, realizada en la playa de Barcelona la noche del pasado 21 de junio. Unos 150 bolivianos se unieron a unos 200 otavaleños para la celebración, en una ceremonia oficiada por el propio Ergueta.
Al respecto, Sacha explicó que aquello “fue una señal de integración y una manera de demostrar nuestra cultura”.
“La fiesta (del Inti Raymi) fue más larga, porque nosotros, los ecuatorianos, celebramos a la medianoche. En cambio, los bolivianos realizan su fiesta al amanecer, con la salida del primer rayo del sol. Entonces empalmamos las dos celebraciones”, recordó.