martes 04 de noviembre del 2008 Columnistas

Regresan los demócratas

Desde el periodo que siguió a la Guerra Civil, conocido en la historia estadounidense como el periodo de “la Reconstrucción”, no había habido una administración presidencial tan mala como la de George W. Bush. En reciente tiempo no se encuentra otro caso de un presidente que desde meses antes de concluir su periodo tiene asegurado su puesto entre los peores líderes que han pasado por la Casa Blanca.

Incluso en el caso de Nixon hubo un consenso, que sus errores y, especialmente, su abuso de poder, alentado por una suerte de delirio paranoico, tenían como contrapeso en la balanza de la historia sus logros en política exterior. El tablero mundial con el que el mundo había vivido desde el fin de la Segunda Guerra Mundial tuvo con él su primer gran sacudón. El segundo lo asestaría años más tarde Ronald Reagan, otro republicano, quien terminó de desbaratar el imperio soviético sin el disparo de una bala.

Pero otra ha sido la suerte de George W. Bush. Cómo será de pobre su liderazgo –tanto en la política doméstica como internacional– que ni su propio vicepresidente, Dick Cheney, quiso postularse en las primarias como candidato presidencial, rompiendo una larga tradición política de esa nación. Cuando un presidente en funciones esté impedido o no desee postularse a la reelección, es su vicepresidente el que toma la posta; y lo hace con el apoyo leal de la maquinaria de su partido.

No solamente que Cheney no corrió para la Casa Blanca sino que el propio Bush no asistió a la convención del Partido Republicano en la que John McCain fue proclamado oficialmente como candidato presidencial. A lo sumo lo que se hizo fue pasar un video en el que Bush enviaba un saludo a los delegados. Nada más. (Bueno, su esposa Laura sí habló en la convención, y fue la única voz de respaldo que tuvo el presidente Bush…). Era evidente que los estrategas de McCain trataron de alejarlo lo más posible de la actual administración republicana.

El propio McCain durante la campaña no ha salido a defender la labor de Bush y su gente durante los pasados ocho años. Es más, probablemente lo que más ha pesado en su contra ha sido la fatal coincidencia de tener detrás de él la sombra de una presidencia que deja tras de sí un pésimo récord.

Las dos crisis que durante los últimos años los Estados Unidos han tenido que enfrentar –el ataque del 11 de septiembre y el colapso de Wall Street– pusieron a prueba a Bush. Y en las dos fracasó estruendosamente.

En un escenario como este no era de sorprenderse la ventaja que iban a tener los demócratas. En realidad, la elección clave fue la que se dio en las primarias de ese partido. Fue allí,  en ese proceso, donde se decidió el relativamente fácil camino a la Casa Blanca. Algo que abre, a su vez, un enorme signo de interrogación sobre el sucesor de Bush.
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