martes 04 de noviembre del 2008 Columnistas

Emasculaciones

Ocurrió nuevamente hace pocos días. Una mujer ecuatoriana, supuestamente agobiada por la violencia conyugal, cercenó los genitales de su marido alegando defensa propia. A diferencia del suceso anterior, en esta ocasión el miembro viril no pudo serle reimplantado al afectado, y la autora del hecho seguramente no será acogida con honor por el Presidente de turno en Carondelet, como lo fue Lorena Bobbit. Similares tragedias, destinos diferentes y los mismos argumentos.

La posesión del órgano viril en plenitud funcional para el sexo siempre se ha considerado un atributo de valor, más para los hombres que para las mujeres. La pregunta es si este supuesto bien, en ausencia de otros, puede por sí solo definir lo que constituiría la esencia de la “hombría” o “virilidad”. En el imaginario de los pueblos, la integridad anatómica y funcional del miembro masculino es una realidad visualmente comprobable, y es lo que supuestamente explica el prestigio de los hombres y la razón de su hegemonía sobre las mujeres. A diferencia de ellos, y retomando una pregunta recogida por los psicoanalistas desde el imaginario popular: ¿Cuál es el órgano visible que a semejanza del pene en los varones otorgaría  poder y prestigio a las mujeres? ¿Algún órgano de su cuerpo visible? ¿La totalidad de este? ¿Sus hijos, asumidos muchas veces como sus órganos apéndices? Imposible discernirlo de la misma inequívoca manera que en el caso de los varones.

Los movimientos de reivindicación femenina habitualmente han cuestionado el significado de un poder masculino que se sostiene en la exclusiva posesión del falo. La condescendencia con la que las lectoras de los diarios han juzgado el episodio, se entiende considerando que en nuestra cultura los movimientos que buscan la equidad por la vía del discurso y el derecho no han logrado la reivindicación buscada. Los varones seguramente no tendrán la misma disposición a la clemencia.

La “virilidad” no es “esencia”, ni condición innata, ni categoría inherente al solo hecho de tener un pene o un cromosoma diferente. La masculinidad en nuestra especie es más bien una construcción particular que cada sujeto organiza y sostiene mediante un proceso, articulando su anatomía original con las determinaciones sociales, culturales y simbólicas en las que se desarrolla. En este proceso es fundamental la vinculación entre la construcción de la identidad masculina y la identificación con aquello que para cada hombre caracteriza  la función del padre, en tanto diferente de la función materna. Quien crea que “hombría” equivale solamente a “órgano” está condenado al infierno de sostenerla  a través de reiteradas hazañas genitales como en el Casanova de Fellini.

Entonces, la emasculación no se limita al acto físico de mutilar a un hombre. En nuestro medio, las emasculaciones que realmente cuentan son las que muchos varones se infligen a sí mismos sin cuchillo, al convertirse en meros procreadores que se desentienden de la responsabilidad y la relación con sus hijos, endosando su función a la madre. Somos una sociedad fundamentalmente “despadrada”; entre nosotros la figura y la función del padre no tienen tanto prestigio ni tanto poder como la de la madre. El “machismo” y el “madrismo” (el culto al poder materno) son fenómenos solidarios: “madres santas” hacen hijos “machos”.

La masculinidad en nuestra especie es más bien una construcción particular que cada sujeto organiza y sostiene mediante un proceso, articulando su anatomía original con las determinaciones sociales, culturales y simbólicas en las que se desarrolla.

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