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Bajo Ahmadinejad, los mulás de Irán han participado en una bacanal de subsidios internos –usando el dinero derivado de los ingresos del petróleo para amortiguar los precios de la comida, gasolina, hipotecas y con miras a crear empleos– para comprar al pueblo iraní. Sin embargo, el único aspecto que Ahmadinejad no pudo comprar fue un verdadero crecimiento de la economía.
Yo siempre he albergado dudas respecto del ofrecimiento de Barack Obama en lo tocante a negociar con Irán; no porque yo no creyera que esa era la estrategia indicada, sino debido a que no creía que los estadounidenses tuviéramos suficiente influencia para tener éxito. Además, las negociaciones en Oriente Medio sin dicha influencia equivalen a jugar béisbol sin un bate.
Bien, si Obama efectivamente gana la presidencia de Estados Unidos, mi instinto me dice que él va a tener una oportunidad de negociar con los iraníes con un bate en la mano.
¿Han visto los informes en el sentido que el presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad, sufre de agotamiento? Probablemente se deba a que él no duerme por las noches. Conozco la razón. El desplome de los precios del petróleo, yendo de 147 dólares por barril a 57 dólares, en nada se parece a contar ovejas. Es el tipo de situación que le produce pesadillas a un autócrata iraní.
Después de todo, fue la caída de los precios del crudo en todo el mundo en los años noventa lo que generó el colapso de la Unión Soviética. Y en lo personal, creo que Irán es muy similar a los soviéticos.
Como me hizo notar Vladimir Mau, el presidente de la Academia Nacional de Economía de Rusia, lo que mató a la Unión Soviética fue el largo periodo de altos precios del hidrocarburo mencionado, seguido de un marcado descenso en los costos. El marcado aumento en los precios durante la década de los setenta engañó al Kremlin a grado tal que extendía subsidios excesivos en el ámbito nacional, al tiempo que en el internacional, invadió Afganistán; y después, la caída de los pecios en los años ochenta contribuyó a echar por tierra a ese imperio sumamente extendido.
(De manera incidental, esto fue exactamente lo que ocurrió al Sah de Irán: 1. Aumento repentino y marcado en los precios del petróleo, 2. Delirios de grandeza, 3. Repentina contracción de los precios del petróleo, 4. Drástica caída, 5. Estás frito.)
Bajo Ahmadinejad, los mulás de Irán han participado en una bacanal de subsidios internos –usando el dinero derivado de los ingresos del petróleo para amortiguar los precios de la comida, gasolina, hipotecas y con miras a crear empleos– para comprar al pueblo iraní. Sin embargo, el único aspecto que Ahmadinejad no pudo comprar fue un verdadero crecimiento de la economía. Hoy día, Irán presenta una inflación de 30%, desempleo rondando en 11% y un vasto subempleo, al tiempo que miles de jóvenes graduados universitarios, ingenieros y arquitectos venden pizzas y conducen taxis.
Y, con la caída actual de los precios del petróleo, Irán –justamente como la Unión Soviética– va a tener que reducir el presupuesto en general. Ajústense los cinturones.
La Organización de Naciones Unidas impuso tres rondas de sanciones en contra de Irán desde que Ahmadinejad asumió la presidencia del país en el 2005, debido a la negativa de Irán para detener su enriquecimiento de uranio. No obstante, los altos precios del crudo redujeron al mínimo el impacto de dichas sanciones, la caída de precios ahora magnificará esas sanciones. Si los precios se mantienen en niveles bajos, existen buenas probabilidades de que Irán esté abierto a las negociaciones con respecto a su programa nuclear con el siguiente presidente de Estados Unidos.
Eso es un aspecto positivo porque Irán también financia a Hizbulá, Hamas, Siria y los chiitas antiestadounidenses en Iraq. Si Estados Unidos desea salir de Iraq y dejar tras de sí un resultado decente, amén de salir de los atolladeros en Líbano e Israel y Palestina, necesita ponerle fin a la Guerra Fría con Irán. ¿Es posible? No lo sé, pero la caída de los precios del petróleo debería proporcionarnos un estímulo.
Sin embargo, hagamos uso de nuestra influencia de una manera inteligente y no exageremos la fuerza de Irán. Justamente como creo que los estadounidenses deberíamos abandonar la recompensa por la captura de Osama bin Laden –de 50 millones de dólares a un centavo, más una fotografía autografiada de Dick Cheney (el vicepresidente de Estados Unidos)–, también debemos desinflar a los mulás iraníes. Dejen que ellos nos persigan.
Karim Sadjadpour, experto en Irán por la Fundación Carnegie por la Paz Internacional, lo compara con negociar por un tapete persa en Teherán. “Cuando vas al interior de la tienda, lo primero que se supone debes hacer es fingir desinterés”, explica. “Lo último que se desea es sugerir algo como ‘no nos marcharemos sin ese tapete’. Bien, dirá el comerciante, si usted tiene tanto interés en él...”.
La otra lección salida del bazar de tapetes, dice Sadjadpour, “es que nunca hay una etiqueta con el precio de uno solo de los tapetes o alfombras. El comerciante no está buscando un precio fijo, sino el máximo precio que pueda obtener; y el precio en Irán fluctúa de manera constante, dependiendo del precio del petróleo”. Ahora, usemos eso en nuestro beneficio.
Barack Hussein Obama representaría otro desafío para los mulás de Irán. Todo su razonamiento de ser gira en torno a que ellos se están resistiendo a una potencia hegemónica de estadounidenses que desea mantener sometidos a todos. De pronto, la semana entrante, los iraníes pudieran volver la vista y darse cuenta de que el país conocido por sus dirigentes como “El Gran Satán” acaba de elegir “a un tipo cuyo segundo nombre es el mismo de la figura central del islamismo chiita –Hussein– y cuyo apellido –Obama–, traducido al farsi, significa ‘Él está con nosotros’”, dijo Sadjadpour.
Irán está justo en el punto previo a desinflarse. Su poderío fue inflado por el precio del petróleo y la popularidad de su presidente, quien era vitoreado simplemente porque estaba dispuesto a provocar a Estados Unidos. No obstante, como una verdadera empresa para erigir una nación, la Revolución Islámica de Irán ha sido un fracaso total.
“Cuando se pregunta a jóvenes árabes por los líderes que ellos más admiran”, expresó Sadjadpour, suelen contestar que los líderes de Hamas, Hizbulá e Irán. “Cuando les preguntan cuál es el lugar donde más les gustaría vivir en Oriente Medio”, agregó, “las respuestas suelen incluir lugares socialmente abiertos como Dubai o Beirut. La República Islámica de Irán nunca está entre los diez más populares”.
© The New York Times News Service