Habrá que acostumbrarse a esto de las bolitas y los nombramientos expeditivos, porque ya se inauguró la democracia de la tómbola y el dedazo. La transformación de la Corte Suprema de Justicia en Corte Nacional de Justicia se dejó al criterio del sorteo, mientras que para la nominación de los miembros de los organismos electorales se aplicó el poder omnímodo. El azar, que puede arrojar el resultado óptimo pero también el más estrafalario, les pareció a los asambleístas el mejor procedimiento para conformar el organismo de justicia. Para los electorales, en cambio, acudieron a la sabia decisión de la mayoría, que es sabia precisamente porque es mayoría, no por los contenidos ni por los procedimientos. Por esas dos vías caminará la democracia de la revolución ciudadana.
Como explican los expertos en teoría de juegos, el azar se realiza dentro de un contexto concreto y no actúa en el vacío. Lo concreto en el caso de la Corte Nacional de Justicia fue la vieja tentación de los políticos –en esta ocasión particularmente la de un asambleísta abultadamente enjuiciado– de meterle mano a la justicia. Difícil resistirse a ese llamado cuando la política está judicializada y cuando hay ropa tendida en el propio patio. Eso es lo único que explica que los sorteados sean los mismos jueces a los que se acusa de todos los vicios que ha tenido la administración de justicia. Si la conformación de esa Corte fue irregular, ilegal e inconstitucional, como ha sostenido el principal vocero de la Asamblea en este asunto, lo lógico habría sido no dejar a uno solo de sus integrantes. Pero conformar una nueva Corte habría sido demasiado burdo y evidente. Dejar en manos del azar, por el contrario, permitía maquillar la relación que quedaría establecida de aquí en adelante entre los nominadores y los nominados. Se podía conseguir lo mismo que con cualquier Pichicorte sin riesgo de que salgan los forajidos a las calles.
Claro que no contaron con la negativa de los jueces a aceptar los resultados del sorteo o, más bien, a aceptar el sorteo en sí mismo. Esto desarmó la estrategia hábilmente concebida, pero ingenuamente huérfana de un plan B. Ni la Constitución recién nacida ni el Régimen de Transición contemplan esa posibilidad y ahora hay un gran vacío que solo podrá ser llenado por procedimientos irregulares, ilegales e inconstitucionales, como ha sido siempre y como seguirá siendo de aquí en adelante. Seguirá siendo así, porque la Asamblea está demostrando que nada ha cambiado en ese sentido. La utilización de la tómbola no fue suficiente para dorar la píldora y en la selección de los integrantes de los organismos electorales ni siquiera hubo la preocupación de mantener las formas. El concurso que establece la Constitución para seleccionar a esos funcionarios fue en realidad una nominación hecha por la mayoría. Sin duda, estas primeras experiencias sentarán jurisprudencia y se convertirán en práctica cotidiana para llenar todos los cargos que faltan. Solemne y altivamente queda inaugurada la democracia de la tómbola y el dedazo.