En EE.UU. se escucharon las primeras protestas: “La Federación Nacional de los Ciegos condena y deplora esta película, que hace un tremendo daño a los ciegos del mundo”. Estas declaraciones las hizo el director de la institución a raíz del estreno en Nueva York hace pocas semanas. Antes de eso, el director Fernando Meirelles había hecho algunos recortes a la versión original, porque en las presentaciones privadas para testear el filme algunas personas expresaban su rechazo saliéndose de la sala.
Ceguera –la película– es un trago amargo, repelente. Nunca leí la novela porque a veces huyo de obras literarias que encuadran su narrativa con EL TEMA (escrito así, en mayúsculas) vociferado desde el propio título: Ensayo sobre la ceguera.
Como que todo nos cae encima y no hay derecho ni a respirar. Pero con la película fue diferente. Desaparece lo del ensayo y su director se concentra en el enorme reto de interiorizar visualmente la ceguera en una historia donde todos sus protagonistas –menos una– son ciegos. El reto es interesantísimo para cualquier cinéfilo.
Distrofias globales parecen recurrentes en algunos directores latinoamericanos. Allí está Children of men, de Alfonso Cuarón; y ahora Ceguera, del brasileño Meirelles, que después del éxito mundial de Ciudad de Dios parece tener todos los millones de Hollywood al alcance. Pero las visiones colapsadas de una sociedad actual o futura requieren una altísima dosis de sensibilidad hacia los personajes y destreza narrativa para poder integrarnos a un mundo deprimente y sórdido.
Aquí una ciudad desconocida sufre una plaga extraña y aterradora: el ‘virus blanco’ de la ceguera. Los ciudadanos se contagian súbitamente: manejando en una autopista, esperando al oculista, yendo a trabajar. El virus no se detiene.
Los protagonistas de esta debacle son un oftalmólogo (Mark Rufalo) y su esposa (Julianne Moore). Ella no ha sido contagiada –por una razón que no interesa al director ni creo que a Saramago–, pero sirve como un hábil eje narrativo para facilitar más directamente la conexión con la audiencia. Todas las víctimas de la epidemia son hacinadas por el ejército en campos de concentración para evitar una epidemia masiva y allí descubrimos a un barman (Gael García Bernal) que comanda sádicamente al grupo y a un viejo con parche en el ojo (Danny Glover) que de media vista pasa a la ceguera total. El hombre es una especie de profeta que parece el único ser que se adapta a su nueva vida, con la aparente humildad de alguien que ha descendido a los infiernos. Por allí podría haber ido la película, pero...
Meirelles y el director de fotografía César Charlone parecen haberse contagiado por el virus, recreando el escalofriante mundo de Ceguera bajo los tonos de una pantalla en blanco, tratando de hacernos palpar la desesperación interna de estos seres. Esto se logra a medias, especialmente cuando ellos se escapan y entonces vemos el desastre afuera: toda la ciudad está contagiada, una hecatombre que supuestamente debería significar una lección sobre la conducta humana en estas desgracias.
La alegoría sobre los tiempos modernos que Ceguera pretende enseñarnos está también desenfocada, porque estos ciegos siguen lejos de nosotros.