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Edición del DOMINGO 2 de Noviembre del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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“Intervinimos como amigos cercanos”
El año pasado leí una carta de una madre preocupada porque no sabía cómo decirle a su pequeña hija que su hermana mayor, que agonizaba porque padecía cáncer terminal, moriría. En ese momento vinieron a mi mente los hechos que vivimos un grupo de amigos. Era un matrimonio joven con una hija de apenas 5 años.

La madre había adquirido una enfermedad y los médicos no daban muchas esperanzas de que se curara. El esposo apenas lo supo no lo creía, se negaba a aceptar que la mujer que había escogido para que lo acompañara el resto de su vida lo dejaría, no la vería nunca más.  Este doloroso hecho marcó la vida de este hogar, porque en lugar de unirlo ante la desgracia, el hombre adoptó una actitud totalmente negativa, no quería hablar con nadie, renegaba por todo y siempre pasaba  de mal humor, ni siquiera estaba dispuesto a atender a su pequeña hija, y quien más sufría sin duda era ella, porque eso se reflejó en los estudios, en su salud, pues bajó de peso porque apenas comía y casi no hablaba.

Amigos cercanos de ambos que veíamos lo que estaba sucediendo tuvimos que intervenir para que eso no continuara. Fue una lucha, porque el padre tampoco quería hablarnos, pero a base de constancia, prudencia y sobre todo mucha paciencia logramos que él entendiera que era un hecho que su esposa fallecería en algún momento, pero que cuando eso sucediera quien más lo necesitará era su pequeña, a la que había abandonado.

También buscamos ayuda para la niña. Ella necesitó ayuda profesional y sobre todo mucho amor familiar para que comprendiera en un lenguaje sencillo la actitud de su padre y el estado en que se encontraba su madre, así como lo que ocurriría.

Él cambió de a poco su actitud y se unió más a su hija. Fueron días duros los que se vivieron y sentimos  los que estuvimos al lado de ellos, pero creo que cuando se atraviesa por una situación dolorosa es cuando más se necesitan  personas sinceras que quieran ayudar, hacen falta los verdaderos amigos.
Ana Laura,
Guayaquil



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