- NOV. 02, 2008 - Foto - Economía - EL UNIVERSO
LAGO AGRIO. Mercedes Jiménez construyó su casa sobre una piscina de desechos tóxicos oculta.
Las manchas y heridas en su piel son las huellas de 25 años de maltrato. Al recorrer lo que queda de su plantación de maíz y cacao, Manuel Salinas parece no percatarse de la piscina de desechos tóxicos ubicada a 10 metros de su casa, una de las más de 900 que dejó la petrolera Texaco y que amenaza con dañar sus sembríos.
Los árboles de toronja ya se secaron y el plátano ya no es apto para el consumo, el petróleo logró contaminar gran parte de su única fuente de ingreso.
Cerca de su vivienda en Shushufindi (Sucumbíos) está el pozo 38 que explotó Texaco hasta 1990. Sin saber el daño que causaría a su familia, Salinas construyó allí su vivienda, plantó sus productos y consumió agua contaminada. Los resultados, la muerte de sus animales y una salud menoscabada.
Ahora están a la espera de una reubicación para la que debieron comprar un solar por unos $ 2.000 que aún no pueden pagar, según Manuel, porque Petroecuador le adeuda desde hace seis meses el valor de sus plantaciones, las mismas que serán taladas para la remediación ambiental.
Como ellos, otras familias viven las consecuencias de años de contaminación. Mercedes Jiménez y sus hijos construyeron su casa sobre una piscina oculta cerca del pozo 20 en Lago Agrio. Ella relata que en días de sol se siente un vapor que emana de esta tierra y sus fuertes olores a crudo les causan dolores de cabeza y náuseas.
Humberto Quichimbo, quien vive en Shushufindi, también sobre una piscina, perforó en dos ocasiones el suelo para proveerse de agua subterránea y se encontró con un líquido aceitoso con olor a crudo.
Comenta que la petrolera estatal selló hace cuatro años ambos pozos y ofreció una mejor fuente de agua, promesa que aún no ha sido cumplida.
En la parroquia San Carlos, en La Joya de los Sachas (Orellana), una zona rodeada de esteros contaminados, según los peritajes del caso, vive desde hace 37 años Hugo Ureña. Con pesar recuerda haber visto a familiares y a más de diez de sus vecinos fallecer de cáncer, causado, según investigaciones, por material tóxico.
A pocos metros vive María Garófalo, quien padece de cáncer, al igual que su hija de 18 años, a quien recientemente se le diagnosticó la enfermedad.