Alexis Ponce es un señor que a veces ha defendido los derechos humanos. Digo a veces porque solo lo hace si se trata de denuncias que supuestamente harán “avanzar la revolución” tal como la concibe el señor Ponce. Es decir, si las víctimas piensan como él. De lo contrario, las ignora olímpicamente.
Pues bien, Ponce acaba de descubrir que este Gobierno no pretende ningún cambio, como él al inicio creyó. Días atrás admitió con Carlos Vera que la verdadera intención de Alianza PAIS es imponer un estado totalitario.
Sus enemigos en el régimen le contestaron con ese estilo tan característico. Regaron el rumor de que Ponce se resintió “porque no le dimos la Embajada en Cuba”. ¿Tú me acusas?, yo te insulto. Es la vieja receta hitleriana que tan buenos resultados le ha dado a la Revolución Ciudadana.
La reflexión de Alexis Ponce, sin embargo, se queda a medias. Lo terrible aquí no es descubrir, con algo de retraso, la clase de gente que nos gobierna sino la enorme oportunidad que acabamos de perder, quizás para siempre, de cambiar al país sin grandes traumas ni conmociones.
No me malentiendan, el cambio todavía es posible, pero cuando lo volvamos a intentar (algún día, cuando la larga noche del insulto y la bajeza termine) será muchísimo más doloroso, porque difícilmente volveremos a disponer de tantos recursos. Durante dos años, a Correa le sobró el dinero para planes de inversión que nos hubiesen puesto en la senda del progreso. Pero lo desperdició y no sabemos en qué, porque no se ve el resultado por ninguna parte.
Quizás el mercado mundial eche abajo mi pesimismo y el precio del crudo vuelva a subir, o se confirme que disponemos de extraordinarias reservas de cobre y oro. Los ecuatorianos tenemos tanta mala leche con los gobiernos que el cielo nos ha compensado con una suerte bárbara en materia de recursos naturales. Pero por ahora el panorama es desalentador.
Tomemos como ejemplo la Penitenciaría. Insisto en el tema que traté el jueves pasado porque las cárceles son un cosmos pequeñísimo donde se refleja el macrocosmos de la sociedad. Esos semianimales (no porque lo sean sino porque el Estado así los trata) pudieron mejorar en algo su vida. Habría bastado un puñado de dólares, de los que se desperdiciaron en campañas electorales, publicidad estatal, chef belga y avión presidencial. No es solo un asunto de derechos humanos; la lucha contra la delincuencia también habría ganado porque la Penitenciaría es la universidad del crimen.
Pero en su lugar, Rafael Correa se dedicó a recorrer el país en una eterna campaña electoral que aún no concluye; a comer hornado, cebiche y guatita; a lucir su eterna sonrisa y sus camisas bordadas; a imitar a Nebot los sábados por la mañana; y a saltar en paracaídas con los ojos cerrados como niño con juguete nuevo. Lo único que no hizo fue el trabajo para el cual lo eligieron: dirigir una revolución.
Dudo mucho que ahora cambie, que le haga caso a la prima de Alberto Acosta y se ponga a trabajar. Más probable es que siga con su gira electoral interminable, divirtiéndose, poniéndole apodos al que pasa por delante y comiendo más hornado. Porque hasta ahora, aquí nada cambió, excepto el patrón de la hacienda.
Tarde para descubrirlo, señor Ponce, pero bienvenido al club.