domingo 02 de noviembre del 2008 Columnistas

La ilusión enterrada

La ilusión yace enterrada.

Esa ilusión que se nos fue muriendo y a la que hoy, este 2 de noviembre, recuerdo junto con tantas otras cosas que están muertas.

Era esa una ilusión que sonreía.

Era vivaz, alegre.

Era, en fin, una ilusión ilusionada.

Era una ilusión amiga, que se había marchado muchas veces para proseguir su senda de errabunda impenitente, pero que, de pronto, había regresado.

Y, al regresar, nos había insuflado optimismo.

Optimismo en el cambio.

Optimismo en el hallazgo de otro derrotero.

Optimismo en la concreción de viejos sueños, siempre postergados.

Optimismo en la palabra. Una palabra nueva, fresca, franca. Una palabra exenta de artificios, de esguinces, de eufemismos. Una palabra joven.

Duró poco. La ilusión duró poco.

Agonizó.

Y hoy está muerta.

Y, entonces, vemos cómo sobre su tumba se han ido levantando mentiras que la cubren entera, como yerbas.

Mentiras que nos hablan de unos cambios profundos, cuando estos son tímidos, apenas epidérmicos. De unas prácticas nuevas, que son las mismas de antes. De unos sueños inéditos, que son los que continúan a la espera.

Y sobre su tumba yace enroscada, amenazante, acezante, la sierpe de la prepotencia, dispuesta a inocular su veneno a todo aquel que ose desafiarla.

La sierpe de un rencor enconoso, implacable, letal.

La sierpe del desprecio.

La sierpe del desencuentro. De una retaliación cercana al odio.

Cuando todavía la ilusión estaba viva, creíamos que era posible discrepar, para que todas las voces se escucharan.

Ahora, que está muerta, sabemos con certeza que no: que es una sola voz la que se escucha.

Una voz tonante, que zahiere.

Una voz tonante, que culpa a otros de sus propias culpas.

Una voz que, soberbia, asegura que nadie en la historia buscó un país mejor y que por eso recién la historia se inaugura ahora.

Una voz que alerta: a mi lado, los buenos. Allá, los antipatrias que dudan de nuestra Constitución, de nuestras leyes fabricadas en la noche y al apuro, de nuestros contratos suscritos dentro de un estado de emergencia permanente, de nuestros gastos sin control ni fiscalización.

Una voz tonante que manda callar a todas las demás, aun a las tímidas, zalameras, balbuceantes vocecillas de los áulicos.

Una voz que retumba en la justicia, retumba en un remedo de Congreso devenido en humilde y obsecuente Congresillo, retumba en los tribunales de papel y pone a temblar a ministritos de poco más o menos que han convertido su propia voz apenas en un eco de la voz del amo.

¡A callar! ¡Todos a callar!, al pie del sepulcro donde yace, muerta, la ilusión.

Una ilusión que los gusanos se estarán encargando de devorar si es que todavía queda algo de sustancia, aunque podrida, fragmentada en hilachas, verdusca y maloliente.
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