domingo 02 de noviembre del 2008 Columnistas

De niño no quise crecer

Cada miembro de mi hogar escogió su destino. Los hijos, manada de aves, se esparcieron. El televisor permaneció arrumado. Vivo solo, nadie prende aquel artilugio, trabajo en pantalla para no verla. Manejo mi vida con control remoto, hago zapping en los diarios, salto programaciones, leo hasta cegarme, casi no duermo esperando que vuelva mi pasado desde otro mundo en efluvios de Chanel. Traigo flores a mi casa, otras crecen en el balcón sin molestar a nadie: hablamos ellas y yo el mismo idioma.

Inventaba antaño cuentos para mis hijos: “¡Callémonos!… Si hacemos ruido el tiempo va a volver”. Al darme su mano para caminar, mi primera nieta conoció mejor que yo los secretos del camino. Me hizo falta saber de arte cuando necesité dibujar aquel conejo que hubiera secado su llanto. A veces me miró con tanta seriedad que sentí vergüenza por ser tan frívolo. Perdí mi propia memoria al coleccionar sus recuerdos. Me enseñó a ver cosas pequeñas al hallarse cerca de ellas. Cuando un caracol, mochila al hombro, se devoraba la inmensa montaña, ella me explicaba que el pausado caminante era más importante que la filosofía. Por eso llenó de garabatos las obras de mi biblioteca.

Conoció a Dios de oído, sin esfuerzo, mientras seguí leyendo libros complicados sin hallarlo. Si de pronto me invadía la obsesión del tiempo, mi nieta desempacaba entre gorjeos su vida recién estrenada. Se notaba la huella de su mano empapada de chocolate en las paredes. Aquellos muros carecen ahora de significado. Cuando bebía a sorbitos su refresco, el placer se producía dentro de mí. Si sufría alguna lastimadura, daba mi vida para que el dolor fuese mío. Quise llamarla Mélodie, mas olvidé la tonada. La memoria casi siempre desfallece cuando se suspende el concierto.

Me sentí como su hijo, volví a nacer cuando vino al mundo prendiéndose de mi dedo en el quirófano.

Aquella costumbre que tenía de quedarse dormida en cualquier sitio contrastaba con aquel desvelo que me embargaba cuando temía por su seguridad. Tenía un mundo secreto del que me volví cómplice; me reveló secretos, miramos el sol de frente sin quemarnos las pestañas, nos comimos la luna a dentellada, nos escapamos de noche volando por las ventanas. Compartimos llantos, miedos, risas inmotivadas, locuras fortuitas, mágicas. Un buen día, después de estallar en llanto, me abrazó, cerró de una patada la puerta de su niñez, la de su cuarto. Tenía urgencia de convertirse en mujer. Salió de su crisálida, crecieron sus senos, llegó su primera regla, asomaron penas de amor: pidió disculpas por abandonarme en medio de mi infancia. Perdigones de congoja agujerearon mi alma. Decidí dejar de crecer. A veces vuelve, me coge de la mano, intenta explicarme con palabras de adulta que me quedé sin Dios, sin esposa, dueño de sueños desbocados, locuras inconfesables. Me confiesa que muchas veces quisiera dar marcha atrás, volver a mi encuentro, que tuviésemos la misma edad sin molestar a nadie. Nací en el planeta del nunca jamás. Añora ella la galaxia del para siempre. Soñamos con ser eternos, solo somos luciérnagas.

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