Parada en un espacio trasero de exhibición en la galería James Cohan, en Manhattan, la artista brasileña Beatriz Milhazes hablaba de sus cuatro pinturas más recientes.
“Ésta está basada en cuadrados, como una cuadrícula”, dijo al señalar a Mulatihno, cuyos bloques de colores son interrumpidos por puntos, rayas onduladas, flores estilizadas y un trozo de fruta cuidadosamente pintado.
Aunque Milhazes se considera una abstraccionista geométrica, esas no son las primeras palabras que acuden a la mente al admirar su obra.
Los cuadros a menudo vienen reforzados con líneas y puntos, círculos que se transforman en dianas impactantes y todo está repleto de motivos que evocan la cultura multifacética de su hogar, Río de Janeiro. Hay diseños arabescos, rosas y carpetas tejidas, tomados prestados del arte barroco brasileño, colonial y fol-klórico, así como flores y plantas inspiradas por el jardín botánico de la ciudad, que está enseguida del estudio de la artista.
Sin embargo, Milhazes, de 48 años de edad, sostiene que sus composiciones son esencialmente geométricas. “Algunas veces pongo el bloque atrás”, dijo, al referirse a la capa inicial de la pintura, “e incorporo cosas encima. Los cuadrados pueden desaparecer, pero aún son una referencia para mí al pensar en la composición. Y siempre he sido muy leal a mis ideas”.
Hoy, su trayectoria parece tan rebosante como sus pinturas mismas.
Además de la exposición en James Cohan, la primera retrospectiva importante de su carrera se exhibe en la Pinacoteca del Estado, en Sao Paulo, Brasil. Para principios de noviembre se habrán emitido, en el lapso de un mes, tres proyectos de edición limitada y˜un tapiz, un diseño textil y un libro.
También acaba de terminar una nueva instalación de ventana específicamente diseñada para una exhibición en el Museo de Arte Contemporáneo, en Tokio.
Al crecer bajo la antigua dictadura militar en Brasil, Milhazes no tuvo acceso al mundo del arte en general. Aunque Brasil ha tenido un escenario artístico de vanguardia desde los 30, las oportunidades para los artistas jóvenes, en Río, eran limitadas a principios de los 80, cuando Milhazes emprendió su carrera. En ese entonces, los coleccionistas latinoamericanos se enfocaban típicamente en obras de épocas pasadas.
Para una pintora joven que añoraba ver la obra de los maestros del siglo XX, como Mondrian y Matisse, la situación carecía de vitalidad.
“Hace 25 años, uno nunca vería pinturas, al menos que viajara”, dijo.
Y ahora, observó, la pintura sigue siendo sólo una corriente subterránea en el escenario artístico brasileño. “Tenemos arte contemporáneo fuerte”, dijo, “pero más en conceptualismo e instalación. Así que estoy bastante aislada aquí”.
Sin embargo, el aislamiento también ayudó a Milhazes a desarrollar su proceso de trabajo relativamente inusual.
La artista empieza a pintar con acrílico sobre hojas de plástico, trabajando motivo por motivo y creando cada imagen al revés como si fuera a hacer una impresión.
Una vez que un motivo se seca, pega el lado pintado al lienzo, casi como si fuera una calcomanía, y luego quita el plástico para revelar una superficie que se ve hecha a mano, pero casi no tiene marcas de brochazos. Luego continúa colocando en capas, como si hiciera un collage. Cuando desarrolló su método, a finales de los 80, dijo: “se abrió una enorme puerta para mí”.
A pesar de la sensación brasileña de su obra, no hay nada como ella en el arte brasileño, pasado o presente, dijo Adriano Pedrosa, curador en Sao Paulo, que tiene años de conocer a Milhazes. “Parece tener una relación muy estrecha con la historia del arte brasileño”, indicó, “pero eso es porque se apropia de cosas”.
Pedrosa también ve la obra de la artista como relacionada a la antropofagia, movimiento brasileño de los 20 y 30.
El curador lo describió como “este concepto donde los artistas brasileños se apropian de los elementos extranjeros y los digieren para producir algo personal y singular”.