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Obama: transformación y mucha disciplina

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Stanley y Mmadelyn Dunham, abuelos del senador Bbarack Oobama, ayudaron a criarlo en Hawai.
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Noviembre 02, 2008

Por JODI KANTOR

Desde los días en que estaba al frente de la Harvard Law Review hasta su campaña por la presidencia de los Estados Unidos, Barack Obama siempre manejó las reuniones con las mismas reglas.

Todos deben contribuir, por lo que se interroga a quienes se quedan callados. (Quiere “aprovechar todas las ideas que anden dando vueltas”, dice Valerie Jarrett, una asesora.) Si alguien menciona una teoría, Obama pregunta cómo se traduce en la práctica. Alienta el debate, hace que los participantes se opongan entre sí y luego destaca los puntos en que coinciden. Con elocuencia, reformula constantemente los aportes de los demás. Sin embargo, al finalizar la reunión su opinión puede seguir siendo un misterio y en ocasiones su decisión es una sorpresa para todos los que estuvieron presentes.

Esas reuniones permiten vislumbrar qué tipo de presidente podría ser Obama en caso de ganar las elecciones. Indican que es una persona reflexiva, un comunicador fluido, un profesor al que le interesa la experiencia académica pero no las abstracciones. Puede sentirse incómodo ante las decisiones apresuradas o con el abandono de un proyecto elaborado.

Como presidente valoraría el consenso, excepto cuando no lo incluya. Por otra parte, su inclinación por el control probablemente se traduciría en una Casa Blanca disciplinada.

Si gana las elecciones del martes, tal como indican las encuestas, eso sería para él la última de una serie de transformaciones drásticas y deliberadas: de niño criado en Indonesia y Hawái a miembro de la comunidad afroestadounidense de Chicago; de ateo a cristiano; de académico inseguro a político hábil; y ahora es posible que, luego de ser un recién llegado que hace ocho años perdía las elecciones legislativas, se convierta en el primer comandante en jefe negro de Estados Unidos.

El lema de su vida bien podría ser que no hay mal que por bien no venga. Transformó una infancia sin padre en una madurez exitosa. Usó la banca nada glamorosa de senador por su estado como base para su carrera política. Movilizó a los jóvenes y los convirtió en un ejército dinámico. Por otra parte, a pesar de que su nombre exótico, Barack Hussein Obama, dio lugar a falsos rumores e insinuaciones sobre su pasado y sus creencias, lo convirtió en un símbolo de singularidad y de las posibilidades de Estados Unidos.

Pero si gana el derecho a ocupar el Salón Oval, tendrá una nueva serie de déficit. Tiene sólo 47 años de edad y una carrera política de sólo cuatro. Nunca manejó nada mayor que su campaña. Sus promesas son tan vastas como breve su currículum, y algunas de sus afirmaciones son contradictorias: gobierno progresista y fusión centrista de rojos y azules; transformación y pragmatismo.

Obama valora el orden. Hasta en el Occidental College de Los Angeles, durante lo que calificó como su etapa disoluta, los estudiantes lo recuerdan como un modelo de moderación. “Estaba muy lejos de ser un fiestero”, dice Vinai Thummalapally, un amigo de aquellos años.

En lo que respecta a tomar decisiones, su inclinación por el control se traduce en una suerte de cautela reflexiva. Se resiste a pronunciarse con rapidez o a responder a las fluctuaciones cotidianas, dicen sus colaboradores. En lugar de ello, sigue una serie de pasos: hace una minuciosa investigación; solicita asesoramiento; proyecta todos los panoramas posibles; elabora un plan; anticipa objeciones; ajusta el plan y, una vez que éste está listo, lo sostiene.

Obama lucha con las cuestiones impredecibles. No siempre reacciona con rapidez ante los cambios inesperados. Cuando Rusia atacó la vecina Georgia, se tomó varios días para fijar una posición. Luego de la sorpresiva selección de la gobernadora Sarah Palin como compañera de fórmula por parte del senador John McCain, la campaña de Obama pareció hacer un esfuerzo por responder.

Sólo abandona “su habitual impasibilidad”, dice Marty Nesbitt, un amigo, “cuando algo lo sorprende”.

Su mensaje de cambio puede resultar difícil de entender, y él dedicó toda su carrera a buscar la forma adecuada de concretar su deseo de una amplia renovación social. Primero se convirtió en organizador comunitario; luego se volcó al Derecho. Desde entonces se fijó como objetivo cambiar las instituciones gubernamentales. Hasta en el Senado, le dijo a un periodista, era posible tener una carrera que “no (fuera) particularmente útil”.

Quienes lo critican destacan sus abstenciones en la legislatura de Illinois, cuando no tomó partido y evitó temas difíciles como la posibilidad de juzgar a los delincuentes juveniles como adultos.


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