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Los años tamizaron la agresivididad

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John McCain cuando era capitán de navío, con los senadores William Cohen (centro) y Barry Goldwater durante la década del 80.
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Noviembre 02, 2008

Por DAVID D. KIRKPATRICK

El senador John McCain dedicó los últimos días de la campaña presidencial a recitar una advertencia familiar. El mismo mantra al que recurrió para prepararse para momentos de conflicto como boxeador de la Academia Naval, prisionero de guerra que enfrentaba un interrogatorio, legislador en busca de votos o candidato republicano que arengaba a la multitud a pesar de la perspectiva de una derrota.

“¡Actitud de ganador!”, murmura para sí, tomando prestado el consejo de tantos entrenadores deportivos. Algunos amigos dicen que la expresión es una metáfora de la tensión esencial que atraviesa la vida de McCain. Es reflexivo, autocrítico y flexible, afirman sus asesores y los demás senadores, y con frecuencia cambió el rumbo en el transcurso de sus 36 años de vida pública. “Es mucho más sutil de lo que se cree”, dice Philip Bobbitt, un profesor de Relaciones Internacionales demócrata a quien el senador consultó este verano.

Sin embargo, cuando se enfrenta a un adversario, puede surgir un John McCain por completo diferente, animado por la certidumbre de una batalla a todo o nada. “Voy a ganar esto y van a tener que pasar sobre mi cadáver para derrotarme” es su actitud, según señala uno de sus amigos, el ex senador demócrata Bob Kerrey.

Esos impulsos en pugna, reflexión y agresión, fueron las dos corrientes que signaron su singular carrera, y si llega a la Casa Blanca podrían dar forma a su presidencia.

En el Senado es casi tan famoso por sus notas manuscritas de disculpa como por sus estallidos. (“Creo que aprendí algunas cosas cuando estuve detenido, pero es posible que una de las más importantes haya sido el valor de la amistad”, escribió McCain en una nota que envió a The New York Times.)

Despide a los asesores que lo decepcionan o lo ponen en una situación incómoda, pero sigue consultándolos. Desmiente en público que su ambición pueda tentarlo a hacer concesiones en sus principios, pero también se lanza a verdaderas batallas en busca de poder político.

De ganar el martes –algo que las encuestas señalan como improbable–, McCain llegaría a la Casa Blanca con una gran experiencia: 72 años, el presidente de más edad al momento de asumir, el primer veterano de Vietnam, sobreviviente de cinco años y medio en un campo de prisioneros de Vietnam.

A instancias tanto de su concepto del honor como de su ideología, podría ser un mandatario impredecible (quienes lo critican prefieren calificarlo de “errático”). Es un conservador partidario del gobierno limitado, pero no duda en pasar por alto esa convicción si una causa le parece digna de ello. Protagonizó enfrentamientos con ambos partidos, pero también sabe cómo alcanzar acuerdos bipartidistas.

McCain califica su estilo de toma de decisiones de “instintivo, a menudo impulsivo”, como dice en Worth the Fighting For, un libro de memorias que escribió en 2002 con uno de sus colaboradores, Mark Salter. “No me torturo en relación con las decisiones. Las tomo lo más rápido que puedo, y más rápido que el otro siempre que puedo.”

Se inició en la política en 1977 como representante de la Marina ante el Senado de los Estados Unidos. Tenía 40 años de edad y su futuro era incierto, por lo que convirtió su tarea en un seminario de entrenamiento para su propia carrera política. Al acompañar a legisladores en viajes al exterior y entretenerlos con relatos de sus aventuras navales, McCain también escuchaba las conversaciones de los senadores en los cocteles a los que lo llevaban.

También aprovechó su relación con éstos: el senador William Cohen, de Maine, que fue padrino de casamiento de McCain en 1980, y el senador de Texas John Tower, ambos republicanos, le fueron de gran ayuda cuando en 1982 compitió por una banca en la Cámara de Representantes de Arizona. Como senador o candidato presidencial,

McCain prefiere tomar decisiones consultando a especialistas con opiniones opuestas, y sobre todo viéndolos enfrentarse. “Alienta el disenso para ver por qué el rumbo que eligió genera desaprobación”, señala Kevin A. Hassett, un economista cercano a McCain.

No acepta la derrota con facilidad.

Cuando los conservadores se opusieron a un proyecto de ley sobre tabaco que había negociado en 1998, McCain condenó a su partido por exponer a los niños al cáncer de pulmón.

Tras perder contiendas sobre las reglas de financiamiento de la campaña, criticó a sus oponentes por corruptos. Le gusta el conflicto, dicen sus amigos, y sería un presidente inclinado a la confrontación.

En momentos más reflexivos, McCain declara que trata de mantener una calma estoica en relación con la perspectiva de la victoria o la derrota. En lo relativo a su campaña de 2000 por la Casa Blanca, le preocupaba equilibrar su ambición de ganar con su sentido de la virtud, escribió en Worth the Fighting For. Tras la derrota, manifestó que a los 75 años se sentía agradecido por lo que le quedara de tiempo. “No llegué a ser presidente de Estados Unidos y dudo que tenga motivos u oportunidad para volver a intentarlo”, escribió, pero agregó: “Todavía puedo convertirme en el hombre que siempre quise ser.”


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