Tenemos solamente diez dedos, dos manos y un cerebro. Pero en la era digital, conseguir que hagan malabarismos para realizar la mayor cantidad de tareas posibles ya es cuestión de supervivencia.
Enviamos e-mails mientras comemos. Hablamos por teléfono manejando. Intercambiamos mensajes de texto mientras cocinamos, limpiamos y tratamos de mantener a los chicos a raya. Hablamos con frases cortas. O directamente sin frases.
Y si bien los maestros Zen nos advierten desde hace tiempo que mientras bebe té, una persona solamente debe beber té, hoy la pausa de la cafeína es a menudo interrumpida por aparatos que suenan con los timbres más variados y mantienen una vigila constante siguiendo las carteras de acciones en caída libre.
Ahora bien. Si las tareas múltiples ya no son atributo exclusivo de los adictos al trabajo o de las mamás apuradas, ¿qué efecto están teniendo en las vidas sociales y en el desempeño profesional? ¿Y cuánto trabajo real se está llevando a cabo mientras nuestras mentes vuelan entre aparatos, plazos y distracciones?
“No debemos olvidar que sacrificamos concentración”, dijo Edward M. Hallowell, psiquiatra y autor de CrazyBusy: Overstretched, Overbooked and About to Snap!
Hallowell le dijo a Alina Tugend de The New York Times que realizar muchas tareas a la vez es como “jugar al tenis con tres pelotas”.
Por su parte, Gloria Mark, profesora de la Universidad de California en Irving, le dijo a Tugend que “las personas trabajan más rápido cuando las interrumpen, pero producen menos”. Según Mark, las tareas múltiples son “malas para la innovación”.
Es probable que el ritmo que engendra hacer varias cosas a la vez también se haya convertido en un mal hábito. En un artículo de The Times, Matt Richtel y Ashlee Vance señalaron que la ociosidad obligada que deben soportar los usuarios de computadora hasta que se enciende sus máquina genera tanta frustración que los fabricantes ya reaccionaron.
Diciéndoles a los periodistas que “es ridículo pedirle a la gente que espere un par de minutos”, Sergei Krupenin, director ejecutivo de DeviceVM, está comercializando programas de encendido veloz pensados para serenar a consumidores que no pueden aguantar esos encendidos de más de 30 segundos.
Pero así como la tecnología ayudó a crear la generación del déficit de atención, la tecnología también está aportando formas de hacer frente a vidas fragmentadas. Algunos estudiantes y profesionales que quieren mayor concentración se están volcando a los medicamentos para tratar el trastorno de déficit de atención.
Benedict Carey, en un artículo de The New York Times, mencionó un texto anónimo del sitio de Crónica de la Educación Superior en Internet, que elogiaba los beneficios de la droga Adderall: “Lo que quiero decir es que te permite asumir dos veces más responsabilidad, hacer el trabajo el doble de rápido, escribir mejor, gestionar mejor, estar más atento, pensar estrategias mejores y más creativas”.
¿Y qué pasa con los que están tan acostumbrados a vivir entre ventanas, canales y aparatos que son incapaces de mantener una conversación normal sin perderse en otros pensamientos?
Alex Pentland del Massachusetts Institute of Technology (MIT) desarrolló software y un aparato parecido a un teléfono celular que monitorea los matices de las conversaciones y con el tiempo enseña a sus usuarios cómo comunicarse mejor y prestar atención a los demás. Como escribió Anne Eisenberg en The Times, “estas herramientas podrían ayudar a los usuarios a manejar mejor las numerosas sutilezas de las interacciones cara a cara y grupales”.
Sin embargo, para quienes no tienen un aparato digital que los alerte sobre un comportamiento mal educado, siempre queda la reserva confiable de la era analógica: el compañero de trabajo, amigo o cónyuge brutalmente honesto.