La muerte ronda por caminos ecuatorianos. Es cosa de leer los periódicos y enterarse del rumbo de los proyectiles intencionados o accidentales, de los golpes a mansalva, de las puñaladas arbitrarias. Esa es muerte que sulfura, porque corta vidas bajo la imperiosa voluntad de un atacante que le echa encima a otro el mayor poder del que puede poseerse una persona. Cuando la decisión viene de esa ley omnímoda de tener que salir del túnel de la vida, es cuando no hay reclamo posible. La muerte es.
En el lapso de dos semanas han partido cuatro personas que traté en diferentes momentos de mi existencia. Seres muy diferentes, tal vez no se conocieron entre sí jamás, tal vez se cruzaron simplemente por el hecho de ser guayaquileños que escribieron sus historias sobre las calles de esta ciudad. El primero fue el doctor César Noboa Bohórquez, profesor jubilado, que se dedicó al duro ejercicio del magisterio fiscal. Conocí a César durante mi tiempo de estudios en la Universidad Católica, y su talante respetuoso y gentil fue la puerta de ingreso a una amistad que si no se cultivó con frecuencia, se sabía existente. El amor lo vinculó, luego de una prematura viudez, a otra familia muy querida para mí. La partida de César Noboa me hace pensar que las palabras que usamos a la ligera, tienen siempre en su fondo una verdad incuestionable. Digo de él, era un hombre bueno.
La desaparición intempestiva de Carlos Izurieta ha dejado desolados a su familia y amigos. Fue un abogado practicante, maestro universitario, pero en realidad, habitó gustosamente en el mundo del arte. Todas las expresiones estéticas lo conmovían, escuchaba música con oído de experto, consumía películas críticamente, rediseñaba su casa como un arquitecto, pero, por encima, de todo leía con inteligencia y avidez. Su amor por el teatro lo llevó a ser crítico de arte dramático en un periódico de la localidad. Mi relación con él se coció en los encuentros en actos culturales, donde cualquier pasillo o umbral era bueno para hablar, sobre lo que habíamos leído o apreciado. Era elegante, sosegado, perfeccionista, con el trato que arrastra de cualquiera que lo conocía, una identificación nata: un caballero.
Quien luchó contra una enfermedad, con la sonrisa en los labios y la fe en el corazón, fue Manuelita Alomía de Otatti. Su nombre está ligado a la cultura, a la acción generosa, a la amistad sin límites. Su capacidad de colaboración, su sentido organizativo los puso siempre al servicio de los demás. Fue un puntal de acción en la Sociedad Femenina de Cultura, antes en otros proyectos. Vino a mí para requerirme dictado de cursos, a comienzos de los ochenta, y desde entonces nos vimos ocasionalmente. Cuando planificaba el año de actividades del Programa Encuentros me visitaba y nos invadían las ideas. Su casa era viva muestra de su espíritu exquisito. Su manera de dirigirse a los demás ponía en sus palabras y en sus ojos, bondad y optimismo. Mientras escribo este artículo, la nota de periódico me informa que la respetable maestra y colega Rosalía Cornejo de Raymond también sale por la puerta grande de la vida, porque se va llena de méritos humanos y profesionales.
Los cuatro amigos se han marchado. Demasiado pronto a juicio de cualquiera. Dejan tras de sí gente que los ha querido y valorado. De lo que estoy segura es de que habitan en esa clase de mundo que se construye con las buenas acciones: el de la gratitud y la memoria.