Desde esta columna hemos denunciado las múltiples violaciones constitucionales que los actores políticos han realizado desde 1997, en que comenzó todo este caos que hoy estamos viviendo en su máxima expresión.
Y claro, nos fuimos acostumbrando, por decirlo de alguna manera, a que a punta de cuentos se violenten procedimientos, se atropellen leyes para que los políticos consigan sus objetivos egoístas y corruptos.
Pero lo que estamos viviendo hoy no tiene comparación con nada de lo vivido en regímenes anteriores.
Primero.- Vivimos en una sociedad en la que si alguien le dice al Presidente que se dedique a trabajar, es tachada de loca, pelucona… y de no ser pariente de uno de los padres de la revolución, estaría bien presa, como aquel ciudadano que pasó el día del padre en la cárcel hace ya algún tiempo.
Si unos estudiantes protestan contra el Presidente, son encausados penalmente acusados de haberlo agredido físicamente. Pero los “angelitos” que destruyeron las puertas del TC y del TSE y que golpearon o amenazaron de obra y palabra a los máximos funcionarios de esas instituciones y a los congresistas de oposición fueron premiados con cargos públicos, ya se destacan como asambleistillos del congresillo.
Para mis enemigos el sable, para mis acólitos, impunidad y condecoraciones.
Segundo.- Vivimos en una sociedad en la que no existe rendición de cuentas del poder político, porque el natural escenario para ello que es el Parlamento, no existe, sino una parodia autodenominada ‘Congresillo’ que paladinamente se habría desentendido de la tarea fiscalizadora que la asumieron no para ejercerla sino, al parecer, para que nadie más la ejerza en su contra.
No se están respetando además los procedimientos previstos en las leyes para garantizar el buen uso de los fondos públicos, con el abuso cínico de las declaratorias de emergencia.
Tercero.- Como parte de una bien diseñada estrategia de maquillaje de la realidad y desinformación, los medios siguen inundados de publicidad oficial para que las mayorías sigan creyendo en la versión del Gobierno sobre el supuesto bienestar, justicia, transparencia y desarrollo que este ha traído al Ecuador.
Y ahora, como si no fuera suficiente poder en una sola mano, se ha sumado el poder electoral y, a través de este, próximamente la administración de justicia.
El Ecuador, entonces, vive una situación política similar a la que precedió a la revolución francesa, que conjuntamente con la independencia de los Estados Unidos de América marcaron los principios y sustentos de lo que hoy conocemos como democracia.
Es decir, si aplicamos la fórmula de la democracia en el Ecuador, el resultado sería ¡error!
Para cuando tengamos democracia, los ecuatorianos no debemos olvidar qué tan grave puede ser la falta de democracia y sus consecuencias, que ya se están viendo pero que serán catastróficas hasta cuando volvamos a vivir en democracia.
Para cuando tengamos democracia, hay que recordar a quienes nos están llevando hacia el abismo, para que nunca más les volvamos a dar nuestra confianza.