viernes 31 de octubre del 2008 Columnistas

Nuestro Nobel (I)

Los latinoamericanos podemos considerar la concesión del Premio Nobel de Literatura para Jean-Marie Gustave Le Clézio, nacido en Niza en 1940, también como un reconocimiento contundente a nuestra cultura latinoamericana. Además de novelas y relatos publicados desde los años sesenta, el autor francés ha mantenido intensos contactos con las culturas indígenas de América que lo han llevado a vivir en México y con la etnia embera de Panamá. Autodeclarado viajero incansable, Le Clézio es un escritor atento a la experiencia desgarrada del Otro: uno de sus libros contrasta el poderío de las culturas perdidas del norte africano con la miseria actual que, en Europa, padecen los inmigrantes indeseados. Esas vivencias, según él, modificaron su concepción de la vida y hasta sus maneras de amar, caminar, comer y soñar.

La experiencia mexicana del escritor consta en algunos volúmenes. En La conquista divina de Michoacán, de 1985, Le Clézio sorprende con la afirmación de que uno de los pilares de nuestra cultura es “uno de los libros más bellos y conmovedores de la literatura universal, digno de ser comparado con la Ilíada, el Poema de Gilgamesh, o la Geste d’Arthur. Este libro es la Relación de Michoacán”. El título completo del manuscrito, que se conserva en la Real Biblioteca del Monasterio Agustino de El Escorial, en España, es Relación de las ceremonias y ritos y población y gobernación de los indios de Michoacán, con 44 láminas dibujadas con pluma y coloreadas. Escrito en 1541, su autor es probablemente fray Jerónimo de Alcalá, un religioso franciscano que pudo conversar con los últimos sacerdotes indios.

¿Por qué Le Clézio compara la Relación con la Odisea o la Chanson de Roland? Como los Libros del Chilam Balam o el Popol Vuh, se trata del relato histórico de la génesis del pueblo de Michoacán cuando, acabada la errancia de las tribus, surge un embrión de nación que jugará un papel central en las culturas centroamericanas. De este proceso se destaca –incluso por encima de las descripciones sangrientas de las guerras y sacrificios rituales– aquello que da origen a la nación: el reencuentro de comunidades que antes eran enemigas. La creencia en el destino y en lo sobrenatural permite que estas tribus se alíen y se engrandezcan entre sí, fundan sus mitos y concuerden sus dioses. También es una especie de testamento de un pasado que aparentemente se está desmoronando con la llegada de los españoles.

Esta Relación no está exenta de registros de abusos y excesos de poder, de prácticas de enfrentamiento que hoy pueden parecernos bárbaras, pero se trataba de una compleja y rica sociedad que creía profundamente en lo sobrenatural, que se sustentaba en una ligazón fortísima con la tierra y la naturaleza que los prodigaban de lo que necesitaban para sobrevivir. Los dioses se les presentaban en lo indispensable: el agua, el sol, el viento, los peces, los animales, los cultivos. Curiosamente, el oro y la plata que buscaban los españoles eran considerados como “estiércol del Sol” y “estiércol de la Luna”. Cada día aprendemos que es preciso retomar, sin fundamentalismos, el esplendor de las raíces indias que nos han definido por milenios y que sin darnos cuenta se expresan en nuestras maneras de sentir.

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