- OCT. 29, 2008 - Foto - Música - EL UNIVERSO
Definitivamente, me motivaban dos razones para asistir a este concierto: la presentación de Héctor Lopezdomínguez como pianista invitado y la dirección del maestro cubano Jorge López Marín, del que escucharía por vez primera una composición.
Lo de West Side Story y Evita eran tentempiés, antipastos, bocadillos agradables, concesiones programáticas que la orquesta asumió con profesionalismo.
López Marín no es un improvisado. Se graduó en el Conservatorio de Kiev, recibió clases maestras de Aaram Khatchaturian, Boris Jaikin, quien dirigió el Bolshoi, y la soprano Galina Vichnevskaia, esposa de Rostropovich, entre otras tantas destacadas actividades. Como director, López Marín es enérgico, apasionado, hiperactivo aunque más me agradó el estilo del director cubano anteriormente invitado.
El Concierto Nº 2 para piano y orquesta de Rachmaninov fue el eje de la noche. Lopezdomínguez, premiado en Ecuador y semifinalista dos veces en Italia (concurso Citta di Cantú), mostró sobriedad, desgranando sutilmente el crescendo obstinado de los famosos acordes iniciales, entrando con delicadeza o soberbio dinamismo, integrándose perfectamente a la orquesta. Quizás nos hubiera gustado mayor énfasis en la fuerte parte final, donde el tema principal adquiere tonos de paroxismo. Creo que es una de las páginas más románticas del repertorio ruso con el andante del segundo concierto de Shostakovich, “clímax de lirismo” como se dice a veces.
Curiosamente, Rachmaninov no creía mucho en su obra. Llegó a decir: “Se ha convertido en horrorosa para mí”, pero su éxito fue inmediato. Se podría decir que es arrolladora, no tiene baches, sostiene melodías entrañables, fuerza avasalladora, melancolía incomparable. Es rusa por excelencia, llena de pasión.
El tema del segundo movimiento, asumido por la flauta, el clarinete, luego por el piano, es mágico, rematado por violas, oboe. Quienes desean recordar a qué sabe el romanticismo ruso hallan ahí el eje sentimental de una forma de vivir. Pero algo parecido ocurre con Tchaikovsky, Balakirev, Khatchaturian, Prokofiev, Shostakovich, Borodin o Musorgsky.
La obra de Jorge López Marín muestra innegables influencias algo transfiguradas por el temperamento cubano. Pensé de un modo obvio en Bartok, Stravinsky. La parte llamada El Tributo se cobija bajo la sombra de Samuel Barber sin por eso convertirse en imitación. López Marín muestra afición a lo de Bernstein utilizando el piano para derramar toques jazzísticos, no vacila en integrar el chachachá.
La obra resulta simpática sin llegar a ser realmente original. Hay algo de tutti fruti que incomoda de repente. Demuestra, eso sí, una increíble facilidad de López Marín para la orquestación y creo que aquel aporte criollísimo a la música selecta es invalorable.
Prefiero de aquel maestro otras obras que pude escuchar en mi casa, como por ejemplo las pequeñas maravillas que hizo para saxófono, un instrumento demasiado ignorado en la Sinfónica, fuera de la timidez de Bizet, la soberbia de Glazunov, la belleza de aquella Fantasía para saxo y orquesta de Villalobos. Rossini, después de oír en 1844 el Sexteto sagrado con saxofón de Berlioz dijo nunca haber escuchado algo tan hermoso.
Ojalá podamos en el futuro oír el tercer concierto de Rachmaninov, el segundo de Shostakovich, los de Prokofiev, Bartok y Stravinsky.
Felicitaciones a nuestra Sinfónica. Ir a sus conciertos es cada vez más grato.