martes 28 de octubre del 2008 Columnistas

El vallenato debe cambiar

Al norte de Colombia, en la frontera con Venezuela, existe un valle encerrado entre montañas pero muy cerca del Caribe. Es el valle del río Cesar (es palabra aguda, así que no pronuncie “César”, por favor).

A mediados de los años cincuenta, el lugar comenzó a experimentar llamativos cambios. Era la época del desarrollismo en América Latina y los gobiernos de la región favorecían el crecimiento de la industria, lo que en Colombia entonces era sinónimo de fábricas textiles.

En Valledupar, la ciudad que domina el sitio, casi no hay industrias, pero en sus alrededores se produce algodón, así que el valle pudo prosperar con la bonanza. Miles de colombianos llegaban de todas partes, en un proceso migratorio muy similar al que hizo crecer los suburbios de Guayaquil en los años cincuenta y sesenta.

En nuestro país, esos migrantes fueron el trasfondo social para el éxito instantáneo de Fatalidad, la canción que marcó el inicio de la exitosa carrera de Julio Jaramillo. En las casitas que daban al estero Salado, era fácil para miles de manabitas y serranos recién llegados identificarse con la “ansiedad pertinaz” que siente nuestro corazón cuando la vida nos lleva “por desconocido cielo”. En Colombia, la emigración interna a su vez sacó del anonimato a un ritmo hasta entonces desconocido, el vallenato. Ya no era solo la cumbia; otro hijo reclamaba el reconocimiento del país hermano.

Pero a diferencia del pasillo, el vallenato no se quedó en las barriadas pobres sino que se instaló como objeto de culto entre intelectuales, políticos y hombres de dinero, entre esos Alfonso López Michelsen, figura gravitante de la política y la cultura colombianas, o el escritor Gabriel García Márquez.

El narcotráfico colombiano también impulsó por su cuenta el vallenato, pagando fabulosas sumas a los compositores para que incluyan a sus esposas, sus amantes o sus hijos en las letras de sus mayores éxitos.

En 1968, la élite social y el narcotráfico se unieron para crear el Festival de la Leyenda Vallenata, que se celebra todos los años en Valledupar y donde se dan cita los más connotados autores, músicos y cantantes; y cuando digo “escuchar”, utilizo el verbo en sentido estricto, porque quienes lo veneran estaban convencidos hasta hace poco de que el vallenato no se baila. Algunos lo siguen creyendo.

Han transcurrido cuarenta años desde entonces. El Festival de la Leyenda Vallenata fue durante todo ese tiempo una madre amantísima de la música del Cesar. La arropó y la cuidó. Pero de repente el vallenato se miró al espejo y se encontró viejo. Los grandes compositores ya no estaban. Las nuevas letras a muy pocos convencían.

Le tocó a López Michelsen, ya viejo él también, reconocerlo en un discurso muy sentido que pronunció no hace mucho en el que pidió a los amantes de La gota fría o de Francisco el Hombre que acepten la ley inexorable de la vida: todo debe cambiar. Y es que mientras tanto, nuevas formas de vallenato se habían ido imponiendo, combinándolo a veces con el bolero para convertirlo en una pieza de baile (¿herejía?) o degenerándolo hacia una especie de reggaetón con acordeón. De allí que López advirtiese que cambio es mejora, avance y superación, y no retroceso, cinismo o degeneración.

¿Algún símil con la situación política ecuatoriana actual? Ustedes dirán.
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