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Hasta la semana pasada, Bolivia bailaba al borde del abismo. De la noche a la mañana decidió distanciarse del peligro y comenzar a caminar por un sendero que parece llevar a un lugar algo menos peligroso. Aunque nada se debe asegurar cuando se han vivido meses de enfrentamientos, sí se puede sostener que a partir del momento en que concluyó la sesión del Congreso se inició una nueva etapa. Lo que se viene ahora, si no se impone la ceguera de algún dirigente autonomista o de un radical del otro lado, es la aprobación de una Constitución que resultará satisfactoria para quienes hasta el día anterior estaban dispuestos a usar la fuerza.
Apenas unas horas atrás nadie habría apostado un centavo a que la sesión del Congreso terminaría con un acuerdo. Este había sido convocado por el Gobierno como último recurso para debatir el destino de la Constitución elaborada por la Asamblea Constituyente. Se jugaba la posibilidad de llevarla a referéndum tal cual había sido redactada por la Asamblea o introducir previamente algunas reformas en la línea que planteaba la oposición. La primera era la posición de los partidarios más radicales del presidente Morales. La segunda era sostenida por los movimientos cívicos y los prefectos de los departamentos orientales. Los temas centrales eran las autonomías regionales y la reelección presidencial.
Previamente fracasaron todos los intentos para destrabar la situación. Los referéndums revocatorios de los mandatos del Presidente y de los prefectos departamentales terminaron con el mismo empate que buscaron superar. Por eso se escogió la vía del Congreso que, siendo un recurso que carecía de legalidad, constituía el único espacio en que tenían representación legítima tanto la oposición como el Gobierno. Pero también este procedimiento estuvo a punto de fracasar cuando los partidarios del gobierno impulsaron una marcha que debía llegar a La Paz justamente cuando se reunieran las cámaras legislativas. Buscaban que la presión social –en la que tendría papel protagónico el grupo de choque conocido como los “ponchos rojos”– obligara a diputados y senadores a pronunciarse por el referéndum inmediato, es decir, por el proyecto de Constitución de la Asamblea. En caso de ocurrir eso, no solo se habría mantenido el empate, sino que seguramente ese habría sido el paso definitivo hacia el abismo. No fue así. En el transcurso de la noche fueron reformados más de cien artículos, entre los que se cuentan los de las autonomías y el de la reelección, con lo que se llegó al fondo del problema.
En definitiva, todos ganaron. Pero el problema de situaciones de ese tipo es que resulta difícil apreciar el triunfo propio porque al frente no hay un perdedor. Por ello, el futuro del acuerdo depende de la capacidad de todos para valorar la dimensión de su ganancia, y eso es lo que aún no se ha producido. Varios dirigentes autonomistas no se sienten ganadores porque eso significaría reconocer que el artífice de esto fue Evo-el-sindicalista. Tampoco quieren reconocerlo sus partidarios radicales, porque con ello negarían a Evo-el-indígena. |