Se acerca Halloween, día que será ocasión para que los patriotas desaten otra cacería de brujas, con una convicción que envidiaría el propio Juan de Mañozca, quien fuera inquisidor general de todos estos reinos en el siglo XVII. Según estos mañozcas del siglo XXI, cada 31 de octubre se puede descubrir a las brujas y a otros réprobos, porque exhalan un fuerte olor a yanqui en sus aquelarres, vestidos con trajes negros que demuestran su sumisión al espíritu del mal. Con un celo digno de Torquemada o de Bernardo de Guy, vigilarán que no se enseñe a los niños a practicar este culto satánico y, eso más, imperialista.
Los anatemas contra Halloween tienen ya varios años, justo es reconocer que no son invento de la Revolución Ciudadana. Alguien que, como este columnista, vive de la pluma y, por tanto, necesita de la libertad de expresión como el pez requiere del agua, no puede estar a favor de cualquier limitación de este derecho natural, cualquiera sea el medio en que se realice: música, trajes, libros, danzas… El único límite que se puede admitir es, no nos hagamos los tontos ni los sutiles, el derecho de los demás. Por eso no puedo aprobar los anatemas inquisitoriales que prohíben con pena de la hoguera la participación en la fiesta de brujas, porque no veo en qué le afecta a nadie que los niños se disfracen y pidan caramelos el último día de este mes.
De igual manera, no sería admisible que en cualquier tipo de institución se impongan de manera obligatoria estos festejos. Y personalmente chillaría más, porque no me gusta el Halloween, una fiesta ajena a mi sensibilidad cotocollaense… Me parece lastimoso que estos íconos y usos eclipsen las costumbres y símbolos de la fiesta de Difuntos, tan arraigados en nuestra alma. A los empresarios, publicistas y medios de comunicación les ha faltado gracia, creatividad y enjundia para desarrollar una semántica propia que, basada en nuestra gastronomía, nuestra artesanía y nuestras leyendas, sirva legítimamente para sus propósitos recreativos, culturales y comerciales. México es, en este sentido, un ejemplo, pues en ese país la fiesta de los muertos es una enorme celebración en la que se manifiesta toda la potencia artística de su pueblo. Sus calaveras invaden todos los ámbitos y sectores. En Ecuador tenemos muchos elementos para hacer algo así.
Lo inteligente habría sido oponer los Difuntos al Halloween, pero algún mañozca descubrió que el 31 de octubre ha sido el Día del Escudo Nacional y han intentado sustituir una fiesta con una grave conmemoración propia del civismo huero que ha sido la tumba de la identidad nacional… La patria, ya hemos hablado de eso, no son los sellitos ni las banderitas. Hay más ecuatorianidad en las guaguas de pan que en los desfiles; más nación es la Dama Tapada que los himnos; patria esencialmente es la tierra en que descansan nuestros padres, es la densa, mineral y eterna realidad del suelo, que no se ha de confundir con el Estado, una entelequia jurídica, y mucho menos, con los gobiernos, agrupaciones transitorias y advenedizas.