- OCT. 27, 2008 - Foto - El Gran Guayaquil - EL UNIVERSO
Azucena Carrión (derecha), de 49 años, se instaló en un portal de la calle Diez de Agosto, Mercado Central, de Guayaquil, para vender zapatillas a dos dólares.
Aydeé Delgado, de 56 años, lleva cuatro días como vendedora del Mercado Central de la urbe.
Humberto Chavarría, de 36 años, vende cebollas, tomates y pimientos en la vía Perimetral, en el sector de La Florida.
La Constitución recién aprobada ampara el trabajo informal y motiva a nuevos vendedores.
Los comerciantes informales se sienten con derecho a ocupar más espacios en las calles de Guayaquil. Lo hacen considerando lo establecido en la nueva Constitución de la República (que entró en vigencia el lunes pasado), que ampara al trabajo autónomo o informal y la prohibición de la confiscación de mercadería o herramientas.
En sectores como el mercado Central y la vía a Daule, nuevos comerciantes buscan un “puesto” de trabajo, ante la mirada de los policías metropolitanos que ya no realizan decomisos.
Esta ciudad aglutina a unos 250 mil vendedores informales de una cifra de 509.855 subempleados en este año, según el INEC.
El rostro de Aydeé Delgado, de 56 años, se enfada cuando los policías metropolitanos, vestidos de civil, le piden que retire su mercadería de un portal en las calles Clemente Ballén y Seis de Marzo. “Su cara es nueva”, le dicen los uniformados a Aydeé, una manabita que hace 28 años llegó a Guayaquil y que el miércoles pasado llevaba cuatro días intentando colocar una balanza y un carrito con tintes de cabello y ropa interior para la venta en los alrededores del Mercado Central.
Conseguir los casi $ 50 que ha invertido como capital en su mercadería no le fue tan difícil como tomar la decisión de salir a la calle para “ganarse la vida”. Cuando se vio entre las cuatro paredes de su vivienda en Mapasingue, sin dinero para comprar comida o pagar las planillas de agua y luz, y rodeada de sus dos hijos que aún estudian y de sus dos nietos abandonados por el padre, no le quedó otra opción. “Soy padre y madre en mi familia”, explica.
Tomarse ese “puestito”, de medio metro cuadrado, fue una decisión que ella analizó bien. Nunca ha estado de acuerdo con la persecución que enfrentan los comerciantes informales de parte de los metropolitanos, pero decidió ubicarse en la vía pública porque, cree, “las cosas ahora son diferentes”.
“Hay cambios y nuevas oportunidades”, comenta al referirse a la nueva Constitución, por la que dio su voto y que contempla la prohibición de decomisar mercadería a los vendedores.
Para ella, ya es bastante el que nadie le pueda quitar la ropa o la balanza. “No es posible que persigan a los comerciantes, ni siquiera a los ladrones los andan corriendo”, dice Aydeé, quien terminó la primaria y antes de convertirse en informal se dedicaba a las labores cotidianas de toda ama de casa.
Los cuatro días que lleva como comerciante en ese portal le han dejado un sabor agridulce: siente que hace algo prohibido que daña la imagen de la ciudad, pero la reconfortan los $ 12 o $ 15 que gana a diario para mantener a su familia.
“Ser comerciante es lo más lindo, uno mismo es el jefe”, dice Humberto Chavarría, de 36 años, un chonero que hace un mes instaló una improvisada carpa y un mesón para vender cebollas, tomates, pimientos y pepinos en dos metros a un costado de la vía Perimetral.
Una baranda metálica separa “el puestito” de la calzada vial, congestionada por buses y vehículos en el sector de ingreso de la línea 8, en La Florida, una zona que se formó de los asentamientos informales de las últimas décadas en Guayaquil y que concentran en su mayoría a manabitas y esmeraldeños.
Chavarría llegó a Guayaquil hace casi 25 años. Solo había terminado la primaria y, asegura, la única oportunidad de empleo que encontró fue la de vendedor en la antigua Pedro Pablo Gómez. Ahí, dice, le nació la vocación de comerciante, pero de aquellos voceadores que recorren las calles y plazas con la mercadería a cuestas.
Después, como todo trabajador, comenta, quiso ser estable. Fue entonces que con su esposa Aracelly Manzaba, de 27 años, decidió colocar la carpa en la vía Perimetral, a cinco minutos de su vivienda en la cooperativa Flor del Norte. Su hijo Iván, de 16 años, le ayuda en el negocio, una actividad que, recalca, es mal vista, pero que también es la única solución ante el desempleo. “Este trabajo no es fácil, hay que pelar la cebolla para dejarla bonita y que la gente compre”, dice y muestra sus manos sucias y llenas de callos.
Él trata de ser disciplinado. Como si fuera un rígido horario de oficina, Humberto comienza su labor a las 06:00 y no se retira hasta las 19:00, jornada en la que ha llenado sus bolsillos con al menos $ 30 en los días de mejores ventas.
Pese a las dificultades y al horario, Humberto asegura estar contento con su trabajo, más aún después de la prohibición de confiscar los productos que venden los informales. En Montebello, donde se abastece de víveres, hay doctores y abogados que también han decidido ser comerciantes porque así reciben más ingresos, cuenta.
“Yo le compro las cebollas, tomates y los pepinos a un doctor en Montebello. Él dice que mejor le va como comerciante que como médico”, comenta Humberto.
Azucena Carrión, de 49 años, justifica la decisión de tomarse la vía pública en la necesidad de comprar medicinas. Sus tres hijos, dice, no le dan el dinero para seguir el tratamiento de diabetes que sufre desde hace cinco años. “Si ellos me dieran, no estuviera aquí, mire, es casi la una de la tarde y todavía no he comido”, expresa esta guayaquileña evangélica que resolvió en septiembre dejar los quehaceres domésticos para dedicarse al comercio informal de zapatillas junto a un pilar en la acera de la calle Diez de Agosto, en el Mercado Central.
Sobre las sandalias descansa una Biblia que lee cuando no hay clientes y en el pilar de la vía pública ha fijado un clavo para colgar una funda que funciona como tacho de basura.
“Yo estaba dedicada a mi casa, pero hubo la oportunidad de trabajar, por qué no”, dice Azucena. Por oportunidad ella entiende lo que aprobaron los asambleístas en Montecristi: garantizar el trabajo autónomo y prohibir los decomisos.
Pero no solo eso la motivó a tomarse la vía pública. También la empujó la necesidad de colaborar con los gastos que hay en su hogar, donde el sueldo de obrero (unos $ 40 mensuales) que gana su esposo no alcanza para mantener a una hija y a una madre no vidente. Antes de las 07:00, Azucena sale desde el Guasmo Norte para instalar su puesto de zapatillas hasta cerca de las 19:00. “Hay días buenos y otros malos, pero uno puede ganar $ 15 o $ 20”, cuenta. A cambio hay que lidiar con la incomodidad de pasar doce horas en un taburete y rogar a los dueños de almacenes cercanos que presten los baños cuando tienen una necesidad fisiológica.
También, comenta Azucena, se debe convivir con la presión constante de los policías metropolitanos, quienes les llaman la atención cuando ensucian las aceras o cuando convierten los pilares en escaparates de la mercadería o alimentos.
“Ellos cumplen las órdenes de vigilar, pero dando gracias a Dios ya no nos sacan, no nos molestan por estar aquí, eso ya es bastante”, indica Azucena mientras come una naranja y luego la arroja en la funda que hace de tacho de basura, colgada en el pilar de la vía.
Persecución
Necesidad
Aydeé Delgado
Comerciante
“No es posible que nos persigan, ni siquiera a los ladrones los andan corriendo. Soy padre y madre en mi casa”.
Ganancia
VENTAS
Azucena Carrión
Comerciante
“Así como hay días buenos hay días malos, pero una puede ganar en promedio unos $ 15 o $ 20 que ya es algo”.