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Edición del DOMINGO 26 de Octubre del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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En la búsqueda de un lenguaje, dramaturgia en Guayaquil
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Pipo Martínez Queirolo (1931-2008): “Los dramaturgos somos una especie en extinción”.
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Carlos A. Ycaza | cicaza@eluniverso.com

Dos recientes muestras en salas de la ciudad delinean el complejo y creativo sendero de una actividad artística que es parte vital de la identidad cultural.

“El campo del teatro, siendo tan importante para el desarrollo de nuestros pueblos, está postergado, rezagado”, dice Pipo Martínez Queirolo en su apasionado prólogo del reciente libro con las primeras obras de Cristian Cortez. Y continúa: “Los dramaturgos somos una especie en extinción”. El vacío que lastimosamente acompañó los años finales del hombre que dedicó su vida al teatro guayaquileño, se siente en algunas de las tristes reflexiones donde también –afortunadamente– aflora el optimismo cuando advierte la presencia de nuevas voces en los escenarios locales.

De Cortez, guionista de televisión y dramaturgo, vimos recientemente su Deportada del paraíso, en la producción que se inició en Nueva York con la actriz original, la argentina Mariana Buoninconti. Es una visión tríptica donde el autor sigue desmenuzando una de sus obsesiones en el escenario teatral: las desencajadas facetas psicológicas de la mujer latinoamericana de nuestros días. La pieza es un monólogo multimedia que se desarrolla en el caos neoyorquino, donde una Eva mitológica es arrojada violentamente de las bellezas naturales de Central Park por fuerzas omnipotentes que se encarnan en la figura de un Dios-marido-gran jefe.

Afuera de ese paraíso, la otra Eva es Cleopatra, travesti apaleado/a en plena calle 42, que parece salida/o de una película de Federico Fellini. En su patética sordidez, este personaje es quizás el más lacerante de todos. Y el golpe final: la Gioconda, enmarcada en una sempiterna sonrisa impuesta por un yugo que no permite otra alternativa y que además es convertida en un producto del marketing actual. Cortez redondea su creación en un lenguaje divertido y poético a la vez, siempre humanizando un burlesque recreado para evidenciar las injusticias del mundo.

Pero ni el teatro de Pipo Martínez o de Cortez nos preparó para la descomunal puesta en escena de El viejo truco del círculo de tiza, que Santiago Roldós ha adaptado magníficamente de la obra de Bertolt Brecht, legendaria producción convertida en un ‘antes y después’ del teatro moderno. Escrita durante la Segunda Guerra Mundial, fue estrenada en EE.UU. en 1948. El círculo se inspira en leyendas milenarias recogidas por Li Hsing Tao –clásico del teatro chino– y metamorfoseadas por Brecht al conflicto bélico en las comunidades rurales del Cáucaso en la Unión Soviética.

Roldós –director, dramaturgo, actor– asume la visión brechtiana en una dramatización compleja y extremadamente coreográfica: su titánico esfuerzo es recrear la experiencia ‘total’ a la cual Brecht apuntaba en sus revolucionarias disciplinas. Es un teatro épico, integrando todos los elementos posibles a un lenguaje final que siempre es de él y de todos los que se integran a su delirio. Así, el drama de una mujer humilde, separada de su hijo por la guerra en un pueblo lejano, pareciera convertirse por obra y gracia de Roldós en una tragedia en la Trinitaria.

Dos grupos teatrales locales –Muégano y Arawa– se han integrado para realizar esta formidable tarea, y en sus dos horas de acción continua en el pequeño y mágico escenario de Sarao, El círculo de tiza podría señalar el camino para un horizonte teatral del cual creadores como Pipo, Cortez o Lucho Mueckay también ya son parte. Es el teatro de una realidad difusa e introspectiva, no solo de las veredas y los arrabales, sino de todas las gradaciones de nuestra sociedad, con sus terribles injusticias, sus despropósitos, su trepidante humor. Roldós –de la mano de Brecht– ha desbrozado el sendero.


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