No es un aullido. Suena, más bien, a un ronquido profundo que desde las copas de los árboles se esparce como un llamado incomprensible para los humanos.
Las siluetas comienzan a asomarse mientras los ronquidos continúan. ¡Impresionan! ¡Alertan! Siguen disparando las miradas curiosas hacia el follaje espeso del bosque seco tropical que nos acaba de recibir como visitantes e intrusos. Son dos. No… tres (una lleva una cría prendida en el pecho). Otro ronquido nos alerta de que son cuatro. Este último está a unos cuarenta metros de distancia, preparándose para saltar de una rama a otra. Y lo hace frente a nuestros ojos citadinos.
Los monos aulladores (sería mejor llamarlos roncadores) seguramente están inquietos por la presencia humana que acaba de irrumpir en el territorio que ellos consideran su hogar. Nosotros lo llamamos reserva ecológica Manglares Churute, territorio a 46 kilómetros de Guayaquil que brinda escenarios que bien pueden compararse con los amazonicos.
¿Dónde más había podido observar tantos monos silvestres a tan pocos metros de distancia? Creo que en ningún otro lugar.
Aquí, los monos están protegidos de la caza ilegal de campesinos que desde antaño los han utilizado como alimento y para curaciones tradicionales. Pero ahora que nadie apunte su escopeta a estos animales. ¡Iría a la cárcel de ser capturado por los guardaparques! La ley protege a estos primates para que sigan roncando, reproduciéndose e impresionando con sus saltos en el follaje.
¿Paisaje amazónico?
Los primates quedan atrás mientras avanzamos al rústico muelle turístico, desde donde partiremos a nuestro destino final: la isla Malabrigo, poblada por 10 mil aves de diversos tipos.
La experiencia con los monos y su escenario tiene un sello casi amazónico. Y esa percepción se reafirma al tomar la lancha para emprender un recorrido de una hora y media por el estuario del río Churute hacia el golfo de Guayaquil. Me recuerda al viaje por el río Napo que hace dos años realicé desde Puerto Francisco de Orellana (Coca) hasta la frontera con Perú.
Allá nos acompañaba el ambiente húmedo y tupido de la selva amazónica. Acá las orillas del río acogen laberintos apretados de manglar y bosque seco tropical.
Allá se asomaban pequeños caseríos que vivían del río. Acá las orillas son hogar de rústicas viviendas de montubios dedicados a la captura de cangrejo de manglar, la pesca y a la siembra de productos como maíz, tomate y pimiento.
Sin embargo, el guía Rodrigo Sangolquí confiesa que estos escenarios le recuerdan a Galápagos, donde vivió durante 25 años. Allá sus labores de guía lo llevaron a penetrar profundo en el ecosistema de las Islas Encantadas. Pero en los doce años que tiene laborando en destinos continentales, mayormente de la Costa, señala a Churute como quizás el atractivo natural más importante de esta región.
Acá está el futuro del turismo de naturaleza del Ecuador continental, considera, aunque para ello resulta necesario emprender obras importantes de infraestructura para los visitantes. “Hace falta un mejor centro de interpretación (lugar para exponer las bondades de la zona), restaurante (el puesto de comidas más cercano está en una gasolinera), señalización y demás; la actual administración está haciendo un buen esfuerzo para mejorar la situación”, dice Sangolquí, nacido en Huigra (Chimborazo) hace 50 años, mientras avanzamos por el estuario.
Las comunidades también deben ser parte importante de la operación turística, agrega el líder de esta expedición, con lo cual se añadiría el componente cultural a esta experiencia a través del contacto con los recintos de Agua Blanca y El Mirador, así los visitantes conocerían de sus rutinas de pesca, agricultura y talento para elaborar artesanías.
Sus palabras se elevan en el viento, al igual que pocos minutos después vemos cómo lo hacen las miles de aves que habitan en la isla Malabrigo. Una hora y media de navegación nos trajo a este lugar de anidación de pájaros que luce tan distante de la civilización.
Los ojos novatos en observación de aves solo distinguen animales emplumados con variedad de picos, formas y colores. Pero los ojos expertos distinguen garzas de tipo bueyeras, picos de espátula, níveas y rosadas, además de fragatas, cigüeñones y pelícanos.
En total 264 especies de aves habitan en Churute, de las cuales 50 son especies acuáticas migratorias. Buena parte de ellas tiene su hogar permanente en este islote, también acostumbrado a las plumas rosadas de los flamencos (¡sí, esos que solo vemos en la televisión o revistas!) y el volar relajado de las gaviotas (¡aquellas que solemos ver en el océano!). Y seguramente en el bosque, en las orillas, revolotean los monos, tigrillos y osos perezosos.
Parece mentira que hace solo dos horas y media aún estábamos entre los edificios de Guayaquil.
Ingreso: $ 2 nacionales, $ 10 extranjeros. Guía y bote: desde $ 55 por grupo de 12 personas. Solicitarlos en la administración. Tours desde Guayaquil: Desde $ 75 por persona. Informes: guía Rodrigo Sangolquí. Telfs.: (08) 488-9717 y 229-6799; biólogo Bruno Yánez, director de área, (08) 991-4757, brunoyanez2003@yahoo.es.