Tito Cerda el poeta de los funerales
Sí, suena raro, pero hay quienes recuerdan a Tito Cerda Llona por sus intervenciones poéticas al final de un evento cultural o en el entierro de un amigo.
Dice –con esa seriedad que lo caracteriza– que aunque últimamente no va, es muy conocido en el cementerio cuando da discursos (para despedir al fallecido) o cuando declama. “Les doy aliento (a los familiares) para que no lloren y se tranquilicen”, indica este guayaquileño, poeta y declamador de 68 años, a quien es posible ver en museos, exposiciones de arte, presentaciones de libros, conciertos de piano y ópera.
Lo de poeta lo lleva en la sangre, indica. No en vano es bisnieto de Numa Pompilio Llona, de quien heredó esa fascinación por declamar y escribir poemas.
Cuenta que ha declamado en los entierros de ex presidentes y que al último que despidió fue a Carlos Julio Arosemena Monroy. También suele hacerlo –cuando le nace– en ciertos eventos culturales. No va a todos porque no quiere trillarse.
Su estilo no pasa nunca inadvertido. De delgada contextura, viste siempre de terno, corbata y pañuelo, y lleva su cabello cano suelto. Habla con pausa, con un marcado acento chileno que le dejó su estadía de 20 años en ese país.
A los 9 años se radicó en Chile y ya a esa edad hacía teatro. Luego incursionó en el canto: cuando tenía 10 fue solista en el coro de Nuestra Señora de los Ángeles.
En Chile estudió ópera, dirección de orquesta y declamación con maestros italianos como Clarisa Borgoña, Ana Malfanti de D’Amico, Bertha Gissi, Margarita Salvi y Tito Ruffo. Tito Cerda cuenta que por su dedicación para aprender fue becado a Barcelona (España), donde cantó para los reyes y otras personalidades.
Pero a más del arte, quiso seguir una carrera tradicional y se graduó de odontólogo, mecánico y laboratorista, asegura. De la primera profesión conserva en uno de los bolsillos de su camisa un mostrario de dientes con el cual se busca el color adecuado para el paciente, cuando este requiere de una pieza postiza; de las demás guarda el conocimiento teórico.
No ejerce ninguna porque, asevera, el arte lo agarró por completo. En Chile también estudió escultura, trabajó como restaurador de los cuadros de los presidentes y fue director de la Academia de Ópera de Valparaíso.
A Ecuador volvió por la enfermedad de una de sus hermanas y para olvidar un desamor. Se enamoró de una bailarina rusa que vivía en Chile, pero ella amaba a otro. Se deprimió, se metió a un monasterio hasta que decidió volver a Guayaquil y quedarse.
Desde entonces se ha dedicado a la cultura: ofrece recitales poéticos en hoteles, organizaciones, museos y centros artísticos de la ciudad; conciertos de piano y dirige un programa de óperas clásicas.
Sus recitales y los conciertos de piano los da de memoria porque considera que quien lee una partitura no es un verdadero maestro.
“El arte me ha dado vida, sin el arte estaría muerto”. Se emociona y es cuando empieza a hacer gala de sus poemas: “Me gustaría sentir el soplo de vida de Dios y volver a nacer... en un amanecer, en un atardecer, en un anochecer de un mundo mejor”.