A mi juicio, este es el caso de las pomposas bodas con que se festejan ahora muchos matrimonios, las cuales se han convertido en un evento social al que se le invierten grandes recursos para lograr que sean un espectáculo inolvidable.
Como la celebración del matrimonio en sí es una ceremonia solemne que ratifica el compromiso de más profundas implicaciones que hacemos en la vida, es un suceso trascendental que merece un homenaje muy especial. Sin embargo, lo inapropiado es que hoy la boda y no el matrimonio sea lo más significativo. Esto quizás se deba a que les estamos haciendo eco a los valores consumistas del momento, los cuales establecen que lo más importante en la vida es ser famoso, rico y poderoso. Pero también, en mi concepto, se debe a que, mientras que antes era a partir del día en que nos casábamos cuando empezábamos a tener convivencia íntima con nuestro amado(a), hoy convivir con la pareja es parte de casi cualquier relación amorosa sin compromiso y, por lo mismo, ya no hay un hecho trascendental que celebrar. A mi juicio, es por eso que la boda como tal es ahora lo primordial y se le da más la importancia a la fastuosidad del agasajo para oficializar la unión que a la trascendencia del juramento que así se sella. Lo insólito es que, mientras la boda dura unas cuantas horas, el matrimonio está supuesto a durar toda la vida.
La determinación de una pareja de casarse y comprometerse a amarse “en las buenas y en las malas hasta que la muerte los separe” es lo trascendental de este suceso. Y lo que hará posible que así sea es la profundidad y solidez del vínculo que la pareja logre forjar. De tal manera que a lo que deben dedicarle mayores esfuerzos es a todo lo que contribuya a conocerse, a saber qué fortalece su amor y qué lo puede debilitar, así como a determinar qué necesitan para formar un proyecto de vida conjunta que sea satisfactorio y perdurable. Lo prioritario tiene que ser, por lo tanto, estar listos y dispuestos a asumir el matrimonio como un compromiso inquebrantable en el que no solo estén dispuestos a compartir un techo sino también a compartir sus desafíos, sus penas, sus dichas, sus sueños, sus destinos ... para toda la vida.