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Edición del DOMINGO 26 de Octubre del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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El departamento que les ofrece una vista de 360 grados enamoró a los miembros de esta familia hace más de 20 años y continúan aferrados a la brisa.
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Texto: Gabriela Jiménez

Son familias que habitan frente al malecón Simón Bolívar. Las une el privilegio de vivir frente al ‘manso’ Guayas.

Si de recibir la brisa guayaquileña se trata, no hay mejor lugar que un balcón de los edificios ubicados frente al malecón Simón Bolívar. El movimiento de las personas, de los autos que transitan por la ciudad y el vaivén del agua son solo algunos de los detalles que atrapan a los residentes de estos lugares privilegiados.

Galo Roggiero, economista y ex dirigente de Barcelona; Ruth Silva de Moreno, ama de casa; e Íngrid Ycaza Rupperti, pintora, abrieron las puertas de sus departamentos y con mayor orgullo los ventanales de sus balcones.

Roggiero, coleccionista de obras de arte, hace parecer pequeño el departamento que abarca  todo  el piso, con la variedad de esculturas y cuadros de artistas nacionales y extranjeros, además de sus robustos muebles a base de chonta, madera exótica que proviene de la selva ecuatoriana, que llenan el lugar dándole un toque  antiguo y rústico.

Él no oculta estar hipnotizado por la vista que le brinda el piso 19 del edificio Panorama, donde habita con dos de sus cuatro hijos, Martha y Galo. Ellos comparten la opinión de su padre, quien no concibe la idea de vivir en otro lugar.

No muy lejos de estos barcelonistas de corazón, en el edificio El Dorado habita Íngrid Ycaza, pintora guayaquileña que desde una hamaca en el balcón del noveno piso lee y observa fotografías sobre artistas de todas las épocas.

Ella, que comparte el departamento con su hija Valeria Aguirre, prefiere los espacios despejados y el artículo consentido del departamento es una planta llamada Reina, la cual, según Ycaza, la protege de las malas energías.

Y acercándose hacia el cerro Santa Ana, en el edificio Riviera, un balcón más pequeño pero lleno de recuerdos es el de la familia Madero-Silva. En el lugar habitan Ruth Silva viuda de Moreno y su hija menor, María Ruth Moreno, a quien se le iluminan los ojos al recordar su infancia, cuando se esforzaba por mirar sobre el balcón y comentar que incluso antes de que el malecón sea lo que hoy conocemos, el sitio tenía sus encantos, como los cantantes bohemios, la llegada de los circos y los animales bañándose en el río.

Silva dice preferir las noches de luna llena y observar cómo se refleja en  el agua, así como las luces de la ciudad. Ellas no alcanzan a explicar con palabras las sensaciones de mirar el alba y ocaso cada día, pero la sonrisa de felicidad en sus rostros compensa los temores que se pueden originar durante un temblor.

Tres familias que no tienen vértigo, sino que disfrutan de pararse al filo de sus balcones y ventanas, que se sienten privilegiadas por contemplar el río, la isla Santay, los cientos de personas que pasan por el malecón y que, sobre todo, aseguran que no cambiarían sus departamentos por nada.

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