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Paulo Coelho | Especial para EL UNIVERSO |
Respetando el trabajo
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Dice el poeta indio Rabindranath Tagore: “Me quedé dormido y me pareció que la vida era Alegría. Desperté y descubrí que la vida era Deber. Cumplí con mi deber y descubrí que en él estaba la Alegría”.

En realidad, a través de mi trabajo descubro la vida, llego a las personas y conozco todo lo que ocurre a mi alrededor. La única trampa ante la que debo estar atento es la de pensar que todos los días son idénticos.

Lo cierto es que toda mañana trae consigo un milagro escondido, y tenemos que prestarle la debida atención a este milagro.

“Deber” es una palabra misteriosa, que puede tener dos significados opuestos: la ausencia de entusiasmo o la comprensión de que necesitamos compartir nuestro amor con más de una persona.

En el primer caso, nos pasamos la vida excusándonos ante nosotros mismos para no aceptar nuestra responsabilidad. En el segundo caso, el deber se transforma en una especie de devoción, de amor incondicional por el ser humano, y pasamos a luchar por lo que queremos que suceda. Eso es lo que yo persigo a través de mi trabajo: compartir mi amor. El amor es también algo misterioso: cuanto más lo compartimos, más se multiplica.

Existe un comentario en el Génesis que siempre me intrigó: el trabajo se muestra como una especie de maldición con la que Dios castiga al ser humano.  Cuando Adán comete el pecado original, escucha decir al Todopoderoso: “Con fatiga sacarás de él tu alimento todos los días de tu vida [...] Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Me llevó mucho tiempo entender que, de esta manera, Dios estaba poniendo el Universo en movimiento.  Hasta entonces todo era bonito, paradisiaco, pero nada evolucionaba y, como comentaba un poco más arriba, Adán llegó a pensar que todos los días eran iguales. Y fue así como llegó a perder el sentido del milagro de su propia existencia.

Entonces el Señor, mirando a su criatura, comprendió que le hacía falta una ayuda para recuperar este sentido.

¿Por qué uno de los mayores sueños de muchos seres humanos es dejar de trabajar algún día?

Porque no les gusta lo que hacen. Si les gustase, pedirían a los cielos poder conservar la salud y el entusiasmo necesarios para poder, aunque fuese el último día de sus vidas, despertarse aquella mañana y hacer algo útil para ellos mismos, para sus familias o para cualquier otro ser humano.

Un hombre caminaba por los Pirineos franceses cuando se encontró con un viejo pastor. Compartió con él su alimento y pasaron un buen rato conversando sobre la vida. En un momento dado, el asunto de la conversación derivó hacia el trabajo.

—No soy libre. Mi vida es miserable porque soy un esclavo de mi trabajo.

El pastor se puso a cantar.  Como se encontraban en un desfiladero de montañas, la música producía un eco suave que colmaba el valle. De repente, el pastor interrumpió su canto y se puso a blasfemar contra todo y contra todos. Y los gritos del pastor también fueron devueltos por las montañas, regresando hasta donde estaban ellos dos.

—Todo depende de lo que estés haciendo –dijo el pastor–. El trabajo es como este valle: refleja la energía que le transmites. No existe ninguna labor miserable. Si de todas formas no estás satisfecho, asume el riesgo de cambiarlo todo y dedicarte a lo que más amas. Es preferible ser alegre con un pequeño salario a ser infeliz por el miedo al cambio.

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