domingo 26 de octubre del 2008 Columnistas

Bernard Fougéresbernardf@telconet.net

¿Qué mal te conozco, mujer?

Tuve el  privilegio  de pasar la mitad de mi vida al lado de una. Al inicio fue  rodaje como ocurre con los automóviles: se ajustaban  huelgos, se pulían  superficies de fricción. Éramos personalidades autónomas, vehementes, apasionadas, tiernas, buscábamos una domesticación mutua, la que permite un buen día la sublime entrega. Alternaron peleas por sandeces, reconciliaciones arduas. Ella seguía en compás de espera mientras yo me encerraba en una cápsula sin dar mi brazo a torcer, no me gustaba reconocer errores, ignoraba la fórmula mágica “lo siento”.

Esperaba ella un “te amo” que  llegaba con rudeza. “Por Dios, te amo pero no me lo preguntes a cada rato”. Pensaba yo que no eran necesarias las palabras, mientras ella les daba importancia desproporcionada. Enamorarla fue apasionante aprendizaje. Me enseñó los secretos de su piel, de su alma. Amarla por las noches era cumplir con un rito mágico, de día sumar sorpresas. Sigue en mí para siempre.

Todas las mujeres pueden ser maravillosas, a veces ilógicas, contundentes, intuitivas con ojos que hacen zozobrar los ardides del  hombre dueño de la fuerza tonta. Preguntamos: “¿Qué te pasa?”, contestan: “¡Nada!” mientras rompen a llorar. Es el momento de tomarlas en brazos: asoma la chiquilla que siempre duerme en ellas, brotan lágrimas imparables, se agarran de un te “amo” como si fuera razón de vivir. A veces las herimos sin querer, recuerdan con Mafalda que no existe esparadrapo para el alma. En el fondo, extrañan al padre del que siguen enamoradas: le pertenecen durante toda su vida si supo proporcionarles aquella infancia asombrosa en la que fue el rey, ella la reina. Él sabía cuál era el momento justo para  desvivirse por ellas. Se moría de angustia si llegaban tarde a casa, sentía celos mortales al pensar que llegarían ladrones de hijas, abrirían la refrigeradora para pescar cervezas, enrumbarían a sus tesoros hacia otro destino. Seguirá siendo el papá de siempre, las llamará “bebé” aunque tengan cuarenta años. Las hijas tendrán la triste  misión de verlo morir, cerrarán aquellos ojos que tanto las adoraron. Entonces la vida cambiará un poco, hablarán de él al pasado: “Mi padre decía”. Él se dejará sentir como agujero de ausencia en pleno corazón,  llaga que no cicatriza.

Mujer mágica, en ciertos casos te marchas primero. El hombre ciego te busca en el insomnio, extendiendo  su mano hacia el lado de la cama donde dormías, inventa olores, perfumes, ruido, habla solo. La piel, alma huérfana de caricias, gime como perro mientras pasan automóviles.
Mañana será otra soledad. Intenta enamorarse de lo que sea: un perro, una sombra, forja fantasías, sueños que quieren tornarse reales, se agarra de la promesa, se detiene, teme lastimar, algo lo  paraliza en el filo del amor, pero también lo llama como salvación desesperada. El alma sigue de duelo aunque cambie de ropa, estrene nuevas risas. El amor fascina como el borde del abismo.  Nacimos para amar, ser amados. Seguimos  “sobornando sombras” (Siomara España).  No puede  ni debe jamás agonizar la esperanza.
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