Uruguay celebra los 20 años del título de Nacional, en la Libertadores; pero el fútbol charrúa está en sombras y sufre una sequía de éxitos internacionales.
Con sus bien llevados 70 años a la intemperie, el venerable estadio Centenario desbordaba. Sentía en sus viejas entrañas el peso de unas 70.000 personas que saltaban y golpeaban con fuerza contra sus nobles escalones. Pero era feliz. Uno de sus hijos pródigos, Nacional de Montevideo, estaba apabullando a un Newell’s Old Boys en el que apenas sobresalía la rebeldía de un jovencito de 18 años llamado Gabriel Batistuta, el temperamento de su zaguero Jorge Pautasso y la claridad de juego de Gerardo Martino, el hoy exitoso entrenador de Paraguay.
Newell’s había llegado a esa final de América con una etiqueta inigualable: los 25 jugadores de su plantel eran surgidos de su vientre, el más fecundo semillero que haya dado el fútbol argentino.
Nacional, todo ánimo, todo presencia, era poco menos que un milagro allí, acariciando la Copa Libertadores. Había arrancado el año con el peso de una obligación: emular a su eterno rival, Peñarol, que unos meses antes había ganado heroicamente la Copa.
Agobiado económicamente, la suya era una misión imposible. “Cuando asumí la dirección técnica me encontré con que había un solo jugador del club”, confesó Roberto Fleitas, artesano de aquel asombro. Roberto, un mariscal de acero, fue reclutando muchachos de esos deliciosos cuadritos montevideanos como Bella Vista, Rampla Juniors, Liverpool, Sud América, Fénix, Rentistas… Uno llegado a préstamo, otro viniendo de una lesión, alguien más descartado en el exterior… Así se fue armando el modesto rompecabezas. Y de la nada, a pura mística, meta corazón y pierna fuerte, Nacional se convirtió en un granítico campeón del continente.
Fue el 27 de octubre de 1988. Este lunes se cumplen 20 años de aquella gesta nacionalófila. Es la última grapa fuerte que bebió el fútbol uruguayo. Luego el sol fue inclinando su alegre semblante hacia otras tierras y el Uruguay entró futbolísticamente en sombras. Devino una larga sequía de títulos, insospechada para un fútbol que había sido repetidamente glorioso. En 1995 sumó una Copa América que no logró mitigar la sensación de declive: fue una conquista sin aristas rutilantes.
Ya no hubo más consagraciones a nivel juvenil (Uruguay había sido el gran dominador con siete campeonatos sudamericanos, pero después de 1981 no volvió a repetir). Hasta los mundiales se tornaron esquivos: fue solo a tres de los últimos ocho. Y los futbolistas celestes, antes muy apetecidos por su entrega y pujanza, dejaron de figurar en el exterior. Salen muchos, pero no hay una sola figura descollante en el balompié de Europa, en México o Argentina. Apenas Diego Forlán destacó en el último tiempo en la liga española.
¿Qué pasó con el fútbol uruguayo? La respuesta de varios colegas orientales, aunque con matices, coincide en cuatro aspectos: 1) Un medio desactualizado a nivel técnico y de estructuras. 2) Se tornó un fútbol lento. 3) Priorizó más la garra que el juego. 4) La falta de recursos en el torneo local y, a causa de ello, la partida temprana de los mejores valores.
“El fútbol uruguayo tiene procedimientos antiguos que casi ya ni se utilizan a nivel internacional, debe ser el fútbol de América con menos dinámica”, dice Raúl Tavani, periodista del diario El País, de Montevideo.
“Si comparamos con los más débiles –Venezuela y Bolivia– ellos tienen mayor dinámica que Uruguay. No es que jueguen mejor, corren la cancha y piensan diferente”.
“A partir del técnico Rinus Michels y su Naranja Mecánica, el fútbol cambió radicalmente. Y Uruguay no se adaptó a los nuevos sistemas”, opina Rodolfo Piñeyro, narrador radial radicado hace años en Ecuador. “Segundo, la acción de los empresarios en el fútbol les ha hecho mucho bien a los jugadores, pero perjudica notoriamente a los países exportadores porque emigran desde muy jóvenes”, concluye.
Marcelo Decaux, redactor de El Observador, matutino montevideano, es crudo en su visión: “Se perdió la identidad y existe un halo de garra malentendida, como lo que se vio en el Monumental contra Argentina por la eliminatoria. Uruguay perdió a sus ídolos. Ya prácticamente no tiene jugadores clase A, aunque muchos uruguayos piensen que sí. Eso se siente a la hora de jugar y se aprecia si uno lo observa con objetividad. La pobreza económica de este fútbol, que no es de ahora, hoy pesa más. Faltan caudillos, riqueza técnica y fundamentos”.
Cuando se habla de un juvenil promisorio, en Uruguay el elogio pasa por “cómo mete” (la garra) y no por “cómo juega” (la técnica). Las figuras nuevas se van a los 18 o 19 años y ello deteriora el torneo local. El mercado interno es mínimo y los destacados ni pasan ya por Nacional o Peñarol.
Pero el futbolista uruguayo no ha perdido el carácter. Es la esperanza que queda para volver a ser. Lo resume Óscar Washington Tabárez, DT de la selección nacional: “Para nosotros, ningún partido es fácil. Y ninguno es imposible”.