- OCT. 26, 2008 - Foto - Religiosa y Obituarios - EL UNIVERSO
Un doctor de la ley fariseo, sabiendo que Jesús había silenciado a los superficiales saduceos, quiso que se pronunciase sobre un punto decisivo: “¿Cuál es el mandamiento –le preguntó al Maestro– más grande de la ley?”.
A pesar de que el experto no buscaba la verdad, sino tan solo información sobre Jesús y su ortodoxia, recibió una respuesta inmediata: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos”.
Quizás Jesús hizo una pausa. No se sabe. Pero lo que se sabe cierto es que el Señor, sin que el doctor pidiera más explicaciones, manifestó el segundo mandamiento y su importancia. “El segundo –precisó Jesús– es semejante a este: amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
Y añadió, para acabar de subrayar lo que afirmaba: “En estos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”.
El amar sin condiciones a quien le ha creado parece una muy razonable obligación para la criatura. Pues habiendo recibido el ser –y con él la libertad y todo lo demás– por pura benevolencia del Omnipotente Dios, es muy lógico que el hombre y la mujer se encuentren invitados a quererle con amor total, exclusivo, perenne y estable.
Este primer mandamiento de la ley de Dios coincide con el bien auténtico de la persona humana. Con aquello que la inquieta y que la aquieta. Con aquello que la llena de felicidad y que debe pretender a toda costa. Con aquello que para la criatura libre es, sin duda, lo mejor de lo mejor.
No hay pecado en procurar para nosotros lo mejor. Donde sí lo habría –porque sería un desorden– sería en no querer para nosotros, a sabiendas, lo mejor. Es decir, en no querer amar a Dios con toda el alma.
El segundo mandamiento –semejante al primero, pero no parejo– es amar a los demás igual que nos amamos a nosotros mismos. Querer para los otros lo mejor, que es el amor a Dios.
Si quiero a los demás de esta manera –procurando para ellos lo mejor–, a la vez estoy cumpliendo lo indicado en el primero de los mandamientos. Porque cuando se ama el verdadero bien de la mujer o el hombre, siendo imágenes de Dios, es también amado Dios.
Total, que el fundamento de la ley y los profetas –el orden del amor– está muy claro: primero Dios, después los otros, y al final de todos, yo. Esto es siempre lo mejor de lo mejor.