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Intuición + dinero = innovación

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Octubre 26, 2008

Todo empezó con un físico de Harvard que tenía una corazonada. Acabó creando un nuevo material llamado silicio negro que podía tener un gran impacto en todo el mundo de la tecnología, desde los sensores ultrasensibles hasta las células fotovoltaicas.

El 13 de octubre, la Universidad de Harvard anunció que había cedido las patentes del silicio negro a Sionyx, una compañía de Beverly, Massachussets, que ha recaudado 8 millones de euros para financiación de empresas.

Esto nunca habría sucedido si el físico, Eric Mazur, y sus alumnos de posgrado se hubieran ceñido al propósito inicial de su investigación. Él espera que su experiencia pueda servir de ejemplo para la financiación de la ciencia y la tecnología por parte del Gobierno, que cada vez es más escasa y aplicada, lo que hace cada vez más difícil que se produzcan descubrimientos como el suyo.

Un enfoque más restringido tiene sus ventajas: para empezar, hay más probabilidades de que se obtenga una recompensa inmediata. Pero en el actual entorno de la investigación, “se es menos propenso a estar abierto a la casualidad”, comenta Judith L. Estrin, ingeniera eléctrica y autora de Closing the innovation gap: reigniting the spark of creativity in a global economy.

El silicio negro se descubrió porque Mazur empezó a pensar más allá de los límites de la investigación que estaba realizando a finales de los años noventa. Su grupo de investigación estaba financiado por la Organización de Investigación del Ejército con el fin de estudiar las reacciones catalíticas en superficies metálicas.

“Me cansé de los metales y me preocupaba que la financiación del Ejército se agotara”, comenta.

“Escribí el nuevo rumbo en una propuesta de investigación sin pensármelo mucho; simplemente lo escribí, no sé por qué”. Y aunque no se trataba de una aplicación práctica inmediata, recibió la financiación.

Fue varios años antes de que hubiera dirigido a un estudiante de posgrado para perseguir su idea, que involucraba el uso de una luz láser excepcionalmente brillante —alcanzando por un instante la energía producida por el sol al caer en la superficie de toda la Tierra— aplicada sobre una oblea de silicio. En un momento de inspiración, el investigador aplicó también hexafluoruro de azufre, un gas utilizado por la industria de los semiconductores para grabar los circuitos.

La oblea de silicio parecía negra a simple vista. Pero cuando Mazur y su equipo de investigación examinaron el material con un microscopio electrónico, descubrieron que la superficie estaba recubierta por una selva de pinchos ultra-diminutos.

Al principio, los investigadores no tenían ni idea de con qué se habían tropezados. El celofán, el teflón, el celo o el aspartamo se encuentran entre los numerosos inventos que han surgido por causa de una especie de golpe de suerte o intuición.

“En el mundo de la ciencia, la palabra más emocionante no es ‘eureka’, sino ‘vaya”, comenta Michael Hawley, científico informático residente en Cambridge, Massachusetts, miembro del consejo de dirección e inversor de Sionyx.

Desde entonces, se ha descubierto que el silicio negro es extremadamente sensible a la luz. Está a punto de ser comercializado y, probablemente, en un principio se utilizará en sistemas de visión nocturna.

“Hemos observado una sensibilidad a la luz de entre 100 y 500 veces superior en comparación con los detectores de silicio convencional”, asegura James Carey, cofundador de Sionyx que trabajó en los primeros experimentos como alumno de posgrado de la Universidad de Harvard.

Mazur es inversor de Sionyx y director de su consejo de asesores científicos. Sionyx ya está comercializando procesadores con sensores como plataforma de desarrollo tecnológico para otras empresas y para ser utilizados en nuevos sistemas de imágenes por infrarrojos.


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