¿Será Estados Unidos el nuevo Japón? O, ¿el Japón de principios de los 90, deslizándose en la Década Perdida? Hace no más de seis meses, la idea de que Estados Unidos enfrentaría una década o más de malestar económico al estilo japonés parecía absurda. Pero después de estas últimas semanas de conmoción financiera e ineptitud política, casi podría afirmarse que Estados Unidos tendría suerte si acabara con una desaceleración como la de Japón. Porque en varios aspectos clave, Japón estaba mucho mejor equipado para resistir su azote financiero en la década de 1990 que los estadounidenses en este momento.
Durante la época posterior a la Segunda Guerra Mundial, se levantó de las ruinas para convertirse en la segunda economía del mundo. Hacia mediados de los años 80, Estados Unidos y Japón representaban un asombroso 40% de la economía global.
Luego, en 1986, Japón se disparó. Fue una época de crédito superfácil, una especulación financiera frenética y una expansión industrial deslumbrante. Entre 1986 y 1991, creció aproximadamente el equivalente del producto bruto interno de Francia, por entonces de 956.000 millones de dólares. Japón también eclipsaba a Estados Unidos, cuyos consumidores compraban sus productos y cuyas fuerzas armadas lo protegían. El ascenso de Japón parecía coincidir con la caída de Estados Unidos que se mostraba como una potencia agotada.
Sin embargo, Japón también estaba muy ocupado fabricando una segunda burbuja. Al comienzo de los 90, un metro cuadrado de propiedad en la mejor parte de Ginza costaba hasta 300.000 dólares. Las casas eran tan caras que las familias tomaban créditos multigeneracionales.
La doble burbuja se convirtió en doble problema cuando las dos estallaron al mismo tiempo.
La negación fue seguida por más negación. Cuando los funcionarios finalmente admitieron que había un problema, se produjo un error político tras otro. Los expertos en Japón, observando la falta de respuesta inicial de Tokio a la crisis, se burlaban diciendo que los estadounidenses frente a un lío similar se habrían puesto a trabajar. Bastaba con mirar qué bien habíamos manejado nuestra debacle con los ahorros y el crédito.
Lo que sucedió luego fue deprimente, pero estuvo muy alejado de la depresión. La baja tasa de desocupación parecía desmentir que hubiera un problema.
La economía crecería poco, luego se detendría y después se contraería. La idea de Japón como amenaza, de pronto resultó tonta.
En la actualidad, a nadie le preocupa demasiado que Japón se apodere del mundo. Cuando los estadounidenses nos frotamos las manos, es China la que nos da miedo.
Ahora que estalló la segunda burbuja de Estados Unidos, a algunos les preocupa que éste sea el comienzo de nuestra Década Perdida. Todavía existen razones para pensar que la respuesta política no será la negación. De todos modos, Estados Unidos carece de varias ventajas que tenía Japón cuando enfrentó sus burbujas.
La más obvia es que Japón comenzó su Década Perdida como el mayor país acreedor del mundo, y todavía lo es. En cambio, Estados Unidos es ahora, como lo era entonces, el mayor país deudor del mundo.
Sólo para que funcione el gobierno federal, necesita pedir prestados 2.000 millones de dólares diarios a prestamistas del exterior. Algunos calculan que el déficit nacional superará los 750.000 millones de dólares en 2009.
No es el más alto de la historia como porcentaje de la producción económica total, pero por ahí anda; y no está claro que la cifra vaya a achicarse en el futuro cercano. Más aún, mientras Estados Unidos tiene una tasa de ahorro negativa y sus ciudadanos están endeudados hasta el cuello, los japoneses siguieron siendo ahorristas fanáticos.
Por eso cuando la gente me pregunta si nos estamos pareciendo a los japoneses, ya no les digo: “¡De ninguna manera!” Ahora les digo: “Si tenemos suerte”.