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Los presidentes y el realismo

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Octubre 26, 2008

NUEVA YORK

Hace poco estuve sentado junto a un tipo del Departamento de Estado y un ex marine que se habían conocido en Faluya, habían entablado amistad en muy poco tiempo y compartieron durante años una dolorosa experiencia en Irak y en Afganistán. “No nos pagan para que seamos optimistas o pesimistas”, decía el diplomático. “Tenemos que ser realistas”. Está a punto de volver a Bagdad.

Se está jugando la vida por su país, como lo hace desde 2003. Creo que tiene derecho a un realismo sobrio en la Casa Blanca y el Pentágono en vez de la fanfarronada aquella de “la libertad es desordenada” de la era de Rumsfeld.

Hemos tenido un exceso de política exterior visceral. Hemos aprendido que después de la “conmoción y el espanto” viene la insurrección. Y después de la Bolsa y el espanto viene la recesión. Y después de las miradas rusas azul claro viene la represión.

Un par de frases de John Mc- Cain en un artículo reciente de The New Yorker me llamaron la atención: “Creo en el excepcionalismo estadounidense”, decía McCain. “De verdad. Y lo puedo demostrar revisando nuestra historia. Quiero que el siglo XXI sea el siglo estadounidense”.

Querer no es poder. En algún momento, tal y como ilustra este apocalíptico final de la Administración Bush, la realidad hace su aparición. El siglo XX fue el siglo estadounidense. Ganó la II Guerra Mundial, salió victorioso de la Guerra Fría y estableció remotas guarniciones de la Pax Americana, aún existentes.

El siglo XXI no va a ser el segundo siglo estadounidense. Digo esto no porque prevea su declive inminente, ni porque crea que la idea estadounidense no pueda volver a tener eco, ni porque ya no considere a Estados Unidos una nación indispensable (para la seguridad global y el desarrollo de las sociedades liberales democráticas, se entiende). Lo digo sencillamente porque el poder y la riqueza están cambiando. Hemos entrado en el siglo de Asia y el Pacífico.

El auge de India y China es un acontecimiento transformador. Y en este siglo, la mayoría de los problemas —ya sean el calentamiento global, la proliferación nuclear, el precio del gas o el terrorismo— sólo se pueden solucionar mediante acuerdos con otros países.

Lo que necesitamos de nuestro presidente es más atención y menos poses, más comprensión y menos polarización entre “nosotros” y “ellos”, más coherencia entre palabras y hechos.

La bandeja de asuntos pendientes para el nuevo presidente es para echarse a temblar. Los soldados van a escasear. El material bélico va a escasear. El dinero va a escasear. Lo que no nos va a faltar son diplomáticos estadounidenses. Es su hora.

Tenemos que dialogar con Irán. Tenemos que dialogar con Siria. Tenemos que entender que no se puede poner fin a una insurrección matando a los insurrectos, sino atrayendo a los insurgentes para que salgan de las sombras. Tenemos que negociar con Rusia dejando claro que no puede intimidarnos.

Pero, por encima de todo, tenemos que demostrarles a nuestros aliados que la fiabilidad ha vuelto.

McCain afirma que puede “demostrar” el excepcionalismo estadounidense, pero la versión de McCain y Palin del excepcionalismo parece estar llena de una ira de “maldito sea el mundo”.

La única forma de que Estados Unidos pueda tener un impacto excepcional y beneficioso es mediante unas relaciones recíprocas y un realismo intensos.

Los diplomáticos y los soldados estadounidenses que están en peligro merecen como mínimo eso.

Cuando el liderazgo fracasa, los que lo pagan son los que están en primera línea. Ellos, y el mundo, ya han pagado suficiente por los caprichos de la Casa Blanca.


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