“Esos empleados se creen dueños del Seguro Social. No respetan que somos ancianos y enfermos que buscamos atención médica. Si ellos quieren, nos atienden; si no, se alejan de la ventanilla y se van”, dice un lector en una carta dirigida a este Diario. Añade: “Por andar yo en estos problemas en el Seguro, mi esposa, quien me acompañaba, se cayó en una trampa o espacio que hay al lado del consultorio en Traumatología y hasta la presente se encuentra postrada en cama con muchos dolores. ¿Quién responde por eso?”.
Probablemente no es el único jubilado, ni el único afiliado que tiene preguntas que muy difícilmente tienen respuesta.
Parece que no se entiende que el Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social es de los afiliados, que es con su dinero que se mantiene y que todos los que allí trabajan están en la obligación de brindar un buen servicio.
El lector que envió la carta que motiva estas líneas es ya un jubilado, hay personas que esperan mucho tiempo desde que dejan sus trabajos hasta que culmina el trámite de jubilación. Por distintas razones deben esperar más allá de lo razonable, conozco a alguien cuyo trámite de jubilación se inició hace tres años.
Es incomprensible que en esta época de tantos adelantos tecnológicos haya que esperar tanto. Si las cosas funcionaran como deben, sería muy sencillo obtener la información y los cálculos de lo que corresponde al afiliado que quiere jubilarse. Sería cuestión de aplicar una fórmula a datos convenientemente registrados y al día.
Tampoco se entiende que la cesantía que, como la palabra lo indica, debe entregarse cuando cesa la vida laboral y que, inicialmente, estaba destinada a cubrir el tiempo de espera de las pensiones jubilares salga, en el mejor de los casos, un año después.
Es cierto que ha mejorado el espacio físico en la oficina central del IESS, que ahora los afiliados que acuden allí pueden sentarse mientras esperan ser atendidos, también es verdad que la atención es más ágil, pero en lo fundamental, que es el trato justo y la atención eficaz, no hay progreso.
Si las pensiones jubilares son escasas e injustas, peor aún es lo que hay que esperar para recibirlas y el trato displicente y los trámites lentos a que hay que someterse.
Los ancianos tienen derechos que, generalmente, se irrespetan en las instituciones públicas y privadas y también en la vida familiar. Son tan indefensos como los niños y, como ellos, requieren afecto, compañía, respeto y detalles que les faciliten la vida.
Los cambios en las instituciones públicas en la atención a las personas de la tercera edad, serían señales visibles de que es cierto que hay una revolución y de que la patria ya es de todos.