sábado 25 de octubre del 2008 Columnistas

Vivir como un meteoro

Ya se sabe que en el mundo de hoy todos tenemos prisa. Que en el día caben muchas acciones. Que las voces se multiplican por los variados canales de comunicación. El sueño orteguiano de vivir con “calma faraónica” eso solo eso, un sueño acariciable, precisamente por estar fuera de alcance. Pero si hay alguien que encarna un paso meteórico por la vida y la literatura es Andrés Caicedo, el escritor caleño que empieza a ser conocido en nuestro medio gracias a las publicaciones de Editorial Norma.

Luego de su temprana muerte en 1977, fue autor de culto para círculos reducidos de lectores y escritores que lo tomaron como símbolo de una manera de vivir y de escribir. A pesar de ello, recién estamos leyendo a Caicedo. Solo conozco a tres personas cercanas que han consumido sus libros. Yo picoteo entre cinco títulos distintos y me sobrecoge la imagen de ese muchacho atormentado.

Dicen sus comentaristas que un hombre como Caicedo solo podría emerger de la ciudad de Cali, ese espacio de búsquedas en el exceso y en la caída, verdadero entretejido de conflictos temporales. Lo viejo y lo nuevo luchan por derribarse mutuamente en esa urbe casi del Pacífico, donde parecería que toda iniciativa es más difícil de cristalizar.
Tal vez por eso, Andrés corrió a pie tendido sus veinticinco años de vida para que cupieran en ella los productos de una desbordante creatividad. Solo una novela publicada tuvo entre sus manos antes de ese cuatro de marzo, cuando su novia lo encontró en vías de aniquilación por efecto de sesenta pastillas de seconal. Su ¡Que viva la música! es una novela de intensidad callejera, donde una chica metaforiza las luchas de exploración que podrían atribuirse a su autor.

Pero lo que quedó entre los papeles del joven escritor lo ha catapultado mucho más allá de cuanto se ligó a su nombre vivo. Parecería que todavía podrían seguir saliendo nuevas publicaciones. De él hemos conocido siete libros con recopilaciones de toda clase de textos: veintidós cuentos, guiones de cine y teatro en número de siete, cartas personales, se mencionan dos novelas inconclusas. De su pasión por el cine quedan muchos artículos y los cinco números que alcanzó la revista que dirigió, Ojo del Cine.

¿Cómo hay que vivir para escribir tanto hasta esa edad?, me pregunto frente a la languidez perezosa de tanto joven conocido, de los abúlicos que se duermen en clase, de los insensibles que hablan por celular en medio del momento de mayor tensión cinematográfica, de los que deambulan de bar en bar no para captar los signos de la noche, sino para exprimir sensaciones fugaces. La resaca del día siguiente no abre heridas, no empuja a la expresión, no ha dejado sino un malestar físico que se cura con aspirinas.

Un admirador de su escritura sostiene que desde que los libros de Andrés andan por allí, Cali es Calicaicedo, una ciudad que solo permite el ingreso a los iniciados en la literatura de ese sonámbulo porque “la novela (rarifica y purifica a la vez) la realidad”. Puede ser cierto. Leer y viajar son dos maneras de conocer el mundo. Mientras las circunstancias nos sujeten a un reducido territorio, la literatura nos abre todos los caminos. Sé que soy notablemente distinta a ese muchacho sonriente que me mira desde la portada de uno de sus libros, ilustrada con fotografía socarrona, pero tenaz en la búsqueda y el respeto por lo diferente, estoy dispuesta a bajar a sus infiernos.

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