viernes 24 de octubre del 2008 Columnistas

Savage y Firmin

No siempre debemos desconfiar de los éxitos comerciales en el ámbito de la cultura, ya que es indudable que se producen muy buenas obras, de gran calidad, que gustan a públicos muy amplios y se venden bien. Tal es el caso de la novela Firmin: aventuras de una alimaña urbana, del escritor norteamericano Sam Savage. Este libro salió en 2006 en una pequeña editorial de Minneapolis y, gracias a las traducciones, ya goza del favor de los lectores hasta el punto de haber obtenido varias importantes distinciones otorgadas por libreros norteamericanos. Con una formación en filosofía que lo llevó a ser profesor de la Universidad de Yale, el autor salta a la escena letrada como una figura curiosa puesto que ha sido mecánico de bicicletas, carpintero, pescador y tipógrafo.

Esta opera prima, contada en primera persona, es la historia de una rata que rememora (¿rumia?) antiguos recuerdos en los que aparecen su madre, sus hermanos, sus aprendizajes y excursiones por las tuberías caseras, su vida en una librería de Boston en los años 1960. La rata narra sus peripecias desde la adultez, y se muestra como un roedor ilustrado, pues haber pasado sus días en los recovecos de las estanterías le ha permitido aprender a leer los libros, y, a veces, literalmente, a devorarlos: así confirma el sabor particular de cada libro, cada página y cada palabra. Firmin, el personaje, es un auténtico ratón de biblioteca para quien los textos son ventanas que dejan ver el mundo para redescubrirlo con nuevos bríos: “quien no siente el deseo de volver a vivir la vida es porque la ha desperdiciado”.

Es tan grande su pasión por la palabra escrita –sus autores favoritos son Ford Madox Ford, James Joyce, Ezra Pound, Dostoievski, August Strindberg, Jack London, Stevenson, Balzac…– que su manera de gozar de la palabra y del mundo allí retratados se asemeja bastante a la de un humano, y nos quedamos con la duda de saber si es un hombre que sueña que es un ratón. La experiencia lectora de Firmin nos recuerda que la literatura ayuda a comprender que lo plano del mundo guarda episodios complejos e inentendibles: Firmin admira al librero y cree ser capaz de adivinar sus pensamientos y preferencias bibliográficas; pero un día se deja ver y escapa por poco de morir envenenado. Este es un nuevo aprendizaje: no sabemos hasta dónde somos capaces de comprender los sentimientos de otro.

Cuando logra la amistad de un sujeto extraño que lo pasea en sus hombros, otra comprensión le llega al ratón: “Todo el mundo tiene dos trabajos, uno de día y otro de noche, porque todo el mundo tiene dos aspectos, el oscuro y el luminoso”. Bajo la apariencia de un relato ingenuo, se esconde una parábola intensa que nos enfrenta a la dualidad que porta cada uno de nosotros, pues los humanos somos capaces de miserias y grandezas, de traiciones y lealtades, de estupideces y genialidades. La lectura, pues, es todavía uno de los recintos verdaderamente soberanos que tenemos porque allí nos interpelamos, a solas, sin miramientos. Esta excelente novela trata del modo en que la lectura nos construye como personas. Versa, también, sobre las múltiples transformaciones que, sin darnos cuenta, sufrimos a diario.

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