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MIÉRCOLES | 22 de octubre del 2008 | Guayaquil, Ecuador
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Thomas L. Friedman | Opinión Internacional
Seamos fiscales
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EE.UU. |

El argumento común en contra de la obra pública como un estímulo económico es que se lleva demasiado tiempo. Bueno, ahora ese argumento no tiene fuerza, ya que las posibilidades de que esta crisis termine pronto son prácticamente nulas. Así es que, hay que echar a andar esos proyectos.


¡Está aumentando el Dow! ¡No, se está desplomando! ¡No, está aumentando! ¡No, se está...!

No importa. Mientras que el maniaco depresivo mercado bursátil domina los titulares, la historia más importante son las noticias nefastas que llegan sobre la economía real. Ahora está claro que el rescate bancario es solo el comienzo: la economía no financiera también necesita ayuda con desesperación.

Y, para proporcionar esa ayuda, vamos a tener que hacer a un lado algunos prejuicios. Políticamente, está de moda despotricar contra el gasto gubernamental y exigir responsabilidades fiscales. Sin embargo, en este momento, el incremento en el gasto gubernamental es justo lo que recetó el doctor, y deberían esperar las preocupaciones sobre el déficit presupuestal. Antes de llegar a eso, hablemos de la situación económica.

Tan solo esta semana, nos enteramos de que las ventas al menudeo se lanzaron desde un risco, al igual que la producción industrial. Los datos sobre el desempleo están en niveles considerables de recesión, y el índice de la actividad manufacturera de la Reserva de Filadelfia está cayendo a su ritmo más rápido en casi 20 años. Todos los signos señalan hacia una crisis económica que será desagradable, brutal y prolongada.

¿Qué tan desagradable? El índice de desempleo ya está por encima del 6% (y mediciones más amplias del subempleo ya son de dos dígitos). Ahora es prácticamente seguro de que el índice de desempleo será de más de 7%, y es bastante posible que llegue a más de 8%, con lo que esta sería la peor recesión en un cuarto de siglo.

¿Y qué tan prolongada? Podría ser mucho muy prolongada.

Hay que recordar lo que sucedió en la última recesión, la que siguió después de que reventó la burbuja tecnológica a finales de  1990. Superficialmente, la respuesta política a ella parece una historia de éxito. Aun cuando había un temor generalizado de que Estados Unidos pudiera experimentar una “década perdida” al estilo japonés, eso no sucedió: la Reserva Federal pudo estructurar una recuperación de esa  recesión reduciendo las tasas de interés.

Sin embargo, la verdad es que parecimos japoneses durante bastante tiempo: a la Reserva le costó trabajo agarrar impulso. A pesar de bajar las tasas de interés en repetidas ocasiones, lo que al final redujo la tasa de los fondos federales a solo 1%, el índice de desempleo siguió aumentando; pasaron más de dos años para que empezara a mejorar el panorama del empleo. Y cuando por fin llegó una recuperación convincente, fue solo porque Alan Greenspan se las arregló para reemplazar la burbuja tecnológica con la burbuja de la vivienda.

Ahora le tocó el turno a la burbuja de la vivienda, desparramando los restos por todo el panorama financiero. Aun si funcionan los esfuerzos en curso para rescatar al sistema bancario y descongelar los mercados crediticios  –y,  a pesar de que todavía son los primeros días, los resultados han sido decepcionantes–, es difícil ver que pronto vuelva a la escena la vivienda. Y si hay otra burbuja esperando, no es evidente. Así es que a la Reserva le costará mucho más trabajo agarrar impulso esta vez.

En otras palabras, no hay gran cosa que Ben Bernanke pueda hacer por la economía. Puede y debe bajar aún más las tasas de interés, pero nadie espera que ello haga más que estimular un poco a la economía.

Por otra parte, hay muchas cosas que el gobierno federal puede hacer por la economía. Puede proporcionar beneficios extendidos a los desempleados, que ayudarán tanto a que las familias hagan frente a la situación, como poner dinero en manos de gente que probablemente lo va a gastar. Puede brindar ayuda de emergencia a gobiernos estatales y locales para que no se vean obligados a reducir considerablemente el gasto, lo  que degrada los servicios públicos y destruye empleos. Puede comprar hipotecas (pero no en su valor nominal, como ha propuesto John McCain) y reestructurar los  términos para ayudar a las familias a que se queden en sus casas.

Y, también es un buen momento para comprometerse en algún gasto serio en infraestructura, que, de cualquier forma, el país necesita urgentemente. El argumento común en contra de la obra pública como un estímulo económico, es que se lleva demasiado tiempo: para cuando se logra reparar ese puente y modernizar esa línea ferroviaria, ya terminó la crisis y ya no se necesita el estímulo. Bueno, ahora ese argumento no tiene fuerza, ya que las posibilidades de que esta crisis termine pronto son prácticamente nulas. Así es que, hay que echar a andar esos proyectos.

¿El próximo gobierno hará lo que se requiere para ocuparse de la crisis económica? No si McCain consigue una victoria inesperada. Lo que necesitamos en este momento es más gasto gubernamental, pero, cuando a McCain le preguntaron en uno de los debates cómo resolvería la crisis económica, contestó: “Bueno, lo primero que tenemos que hacer es controlar el gasto”.

Si Barack Obama se convierte en presidente  no tendrá la misma oposición refleja al gasto. Sin embargo, enfrentará un coro de tipos del círculo interior de Washington que le dirá que tiene que ser responsable, que son inaceptables los grandes déficits que tendrá el gobierno el año entrante si hace lo correcto.

Deberá hacer caso omiso de ese coro. Lo responsable, en este momento, es brindarle a la economía la ayuda que necesita. Ahora no es momento de preocuparse por el déficit.

© The New York Times News Service.

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