La escalada de los precios del petróleo en el mercado internacional trajo consigo muchas consecuencias en el orden económico y algunas en el campo político. Los efectos de esta alza pudieron sentirse tanto en los países consumidores como en los productores, así como en la economía mundial en general. Entre esa colección de consecuencias de este fenómeno económico, muchas de ellas no deseadas, hay una que nos afecta directamente: la Constitución de Montecristi.
Difícilmente este Gobierno, o cualquier gobierno en general, habrían podido redactar una Constitución como la de Montecristi sin tener como trasfondo un precio del petróleo como el del pasado año. Lo que se hizo fue constitucionalizar un plan de gobierno extremadamente generoso en cuanto al gasto público, y en general en cuanto al papel del Estado. Este error de confundir lo que es un gobierno, y en general lo que es la política ordinaria, con lo que es una Constitución –expresión de una política cualitativamente diferente o “high politics” en frase de Ackerman– es un error muy común en América Latina, y más aún en Ecuador. Un error que pronto comenzará, si es que ya no ha comenzado, a pasar su factura.
La nueva Constitución formaliza la visión de que el Estado, y solo el Estado, puede y debe atender prácticamente todas las necesidades imaginables de la sociedad. No hay que extrañarse por lo tanto que en una visión como esta haya poco o ningún espacio para la inversión y empresa privada.
En efecto, la fauna de la Amazonía y los gays, por poner solamente dos casos, reciben más protección constitucional que la empresa privada. No es que lo primero no sea importante. Todo lo contrario. Nos parece loable que los pericos del Napo y los homosexuales hayan recibido la debida atención por parte de los legisladores constituyentes. Lo que sí llama la atención es lo otro: la ausencia de la más mínima normativa que garantice el accionar de uno de los factores clave de la producción, esto es, la inversión privada, ya sea nacional o extranjera; tal como constaba en la anterior Constitución.
El que la Constitución de Montecristi haya sido redactada para un Ecuador con altos precios del petróleo es una muestra más de la visión miope, coyuntural y de corto plazo que inunda a la política ecuatoriana. Tan miope es nuestra izquierda como nuestra derecha. La primera está echando por la borda la oportunidad de sentar las bases de un país democráticamente institucionalizado. La segunda ya lo hizo.
El colapso de los precios del petróleo no lo va a detener la OPEP. En la OPEP hay tantas OPEP cuantos socios del cartel. Es más, sobre el precio hoy en día gravitan otros actores ajenos a ella y otras fuerzas que no controla.
Las constituciones que son redactadas para una coyuntura terminan esclavas de esa coyuntura. La de Montecristi no fue una Constitución hecha para resistir una crisis petrolera. Es una lección que debemos tener en cuenta para cuando se discuta la próxima Constitución.