Jimmy Rollins fue quien asumió el liderazgo del equipo de Filadelfia en el inicio de la temporada pasada. Tenía mucha fe y creía que esta historia tenía que cambiar.
Luego de 35 años de espera, los Filis de Filadelfia se coronaron campeones de la Liga Nacional y clasificaron para jugar la Serie Mundial con el ganador de la Liga Americana (los Mantarrayas de Tampa).
Detrás de este campeonato hay historias de fe y valor que vale la pena destacar.
Muchos de los actuales beisbolistas de los Filis solo fueron testigos de años tristes, llenos de frustraciones y derrotas. Los honores y títulos eran para otros peloteros y otros clubes.
Los Filis tenían buenos jugadores, pero no sabían ni podían ganar. Fueron otros los que celebraban y festejaban.
Jimmy Rollins fue quien asumió el liderazgo en el inicio de la temporada pasada. Tenía mucha fe y creía que esta historia tenía que cambiar.
“Tenemos que armar un gran equipo que sepa y pueda ganar”, dijo Rollins. “Mucha gente pensaba que estaba loco. Por temor a fallar casi nadie quiere hacer una declaración de esta naturaleza, porque este era un equipo que no estaba acostumbrado a ganar. Decir cosas como estas eran algo fuera de lo común”, agregó.
“Palabras como estas fueron algo parecido a lanzar un rayo a los Mets de Nueva York, pero lo que realmente quería es lanzar esta carga de energía a nuestro equipo. Teníamos que cambiar la forma de jugar”. La gran pregunta era ¿cómo hacerlo?
Clasificaron para los playoffs. Barrieron a los Cerveceros de Milwaukee y ahora eliminaron a los Dodgers de Los Ángeles para ganar el banderín de la Liga Nacional.
En el último encuentro de la serie de campeonato ante los Dodgers, los Filis jugaron con la “varita mágica”, es decir, bateo poderoso con el complemento de un cuerpo de lanzadores dominantes, controlados y con un respaldo espiritual firme.
Fue en el primer episodio de ese duelo final que Jimmy Rollins abrió el camino para la ruta del triunfo con un jonrón al iniciar el primer turno.
Ventaja tempranera que luego fue creciendo y que tuvo el complemento ideal de una labor monticular brillante con el cierre de Brad Lidge. Él terminó el juego con un batazo de Nomar Garciaparra, que tomó vuelo en territorio foul y fue perseguido por el receptor Carlos Ruiz.
A medida que la pelota flotaba en el aire se hacía interminable su retorno. En estas circunstancias esta jugada se convierte en difícil. La esférica tomó mucho tiempo en bajar, mientras esto ocurría, pasaba por la mente del panameño Ruiz imágenes que la mayoría de los niños en su país sueñan en ejecutar: la jugada salvadora, el batazo de oro, y convertirse en parte de una hazaña.
La ley de gravedad se puso de su lado, finalmente la pelota bajó y Ruiz pudo atrapar el último out del juego más importante de su vida que le sirvió para ganar el título y hacer andar el tren de la Serie Mundial que se iniciará en casa de Tampa Bay. Ahora solo falta ganar cuatro juegos para completar esta historia.